domingo, 12 de octubre de 2008

Saborear la vida

A veces la vida te regala momentos dentro de otros momentos, como las muñecas rusas. A veces son amargos con resabios de dulzura y otras al revés. Ahora es uno de esos momentos. Estando acá, siento que estoy en otro lugar o en otra circunstancia distinta a la cual me encuentro. Siento la soledad, pero no es esa soledad que abruma, que castiga, que se sufre. Se me ocurrió pensar que, a pesar de todo (incluso del sentido común) y de alguna manera, estoy saboreando la soledad. La siento; siento todo aquello que me falta, que no tengo y que deseo. Sin embargo, en este sentir, en esta bebida que degusto y desintegro en sensaciones, ideas, pensamientos y sentimientos, se entremezclan sensaciones, ideas, pensamientos y sentimientos totalmente opuestos.

Quizás esté solo y me sienta solo. Pero exactamente en la misma medida en la cual estoy solo y me siento solo, me acompaña cada sonrisa recibida, cada beso, cada te quiero dado y recibido, cada abrazo, cada caricia, cada palabra y gesto gentiles que he escuchado y recibido. Sé que la vida no es color de rosa. No todo es lindo, ni hermoso, ni romántico, ni feliz. Pero quizás el secreto esté en aprender a saborear de la misma forma las cosas buenas y las malas, las lindas y las feas.

Si muriera mañana o pasado, o el año que viene, moriría feliz. Me llevaría conmigo todos estos tesoros que guardo en mi memoria. No es que quiera conformarme con lo que soy y lo que tengo hasta aquí, pero me parece importante sentirse verdaderamente satisfechos con lo que somos y tenemos hasta ahora. Cuando dudamos, cuando titubeamos respecto al paso que vamos a dar, cuando algo nos paraliza, no necesariamente debemos echarnos atrás. A veces ese miedo que nos paraliza es lo que nos está impidiendo subir un escalón más arriba en la dulzura de la vida. Animarnos a seguir adelante, a trascender ese obstáculo es el deber de aquellos que buscamos aquél algo mejor.

Por momentos podemos creer que la vida es un trago espeso, amargo y difícil de digerir. Los humores, las rachas pueden cambiar, pero si no nos sentimos satisfechos en general con nuestra vida, deberíamos intentar mirar atrás y ver en dónde es que hemos dado el paso en falso. No hay nada que no tenga solución.

Generalmente se asocia a este tener que cambiar, a estar obligados a hacer un cambio radical, a una especie de “todo o nada”. Es cierto que la idea resulta atractiva. De alguna manera, es como convertirse “héroe de uno mismo”; pero no necesariamente todas las decisiones tomadas hasta este momento fueron las equivocadas, ni tampoco tenemos que sentir que nuestra vida anterior es desechable. Somos la suma de las experiencias vividas y de las decisiones que tomamos. Nunca voy a negar de aquel adolescente acomplejado por sus granos, por su estatura, por su timidez que fui; ni tampoco de haber pensado que la vida era demasiado difícil para mí. Soy el que fui y seré también el que soy hoy.

Superamos cosas que pensamos que no podríamos llegar a superar (dolores, sufrimientos, pérdidas, miedos etc.) y podemos hacer cosas que pensamos – hoy – que no podemos realizar. Nos cuesta la angustia, la pérdida, el sufrimiento, los miedos, el desamor, pero no nos cuesta el gozo, el encuentro, la dicha, el amor; los aceptamos sin más. Cuando aprendamos a distinguir los muchos matices que componen la vida y a aceptarlos; cuando saboreemos las amarguras y las tristezas por igual y no temamos ocultarlo, quizás ahí podremos decir que hemos vivido.

Hoy saboreé la soledad…y era dulce.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Las mejores oportunidades son al aire libre

Poniendo la creatividad a disposición del abandono de la soltería

La vida en la ciudad, y su correspondiente concentración de gente, brindan a sus habitantes posibilidades que no pueden darse en otros centros menos poblados del País.
En las ciudades o pueblos “del interior” (¿Buenos Aires está en el exterior? No lo sabía), le gente se conoce más, se conocen entre sí, lo que muchas veces inhibe el proceder del sujeto de esta columna: el soltero. Que Fulana es la hija de Zutano, y ojo que es un viejo muy jodido y cascarrabias; además estuvo de novia con Mengano, que es amigo de un amigo mío, por lo cual, sería casi inmoral que me atreviera a invitarla a tomar algo. Todos se relacionan entre si, de alguna u otra manera. No hay oportunidad de hacer un movimiento sigiloso sin que no se entere alguien. Peligroso es navegar en esas aguas. Por ese mismo motivo, los solteros se van a pueblos vecinos (pero lo suficientemente alejados) para hacer sus enchastros.
La ciudad, además de estar colmada de gente que pocas veces saluda a su propio vecino – inclusive cuando se lo cruzan el ascensor todas las mañanas – cuenta con millones de “pueblos cercanos” en cada barrio: millones de conocidos-desconocidos, yendo de un lado al otro, haciendo lío “delegación a delegación”. Hay que agregar a eso que la ciudad cuenta con la mayor cantidad de abonados a internet del país, lo cual facilita aún más las cosas. No saludamos al vecino en el ascensor, porque a veces nos da vergüenza o no tenemos ganas, pero saludamos con el “Hola” más alegre a cualquier extraño que aparece en una sala de chat, página de redes sociales, o de citas. No hay medio válido o inválido para esto, en definitiva si coincidimos en un determinado lugar y actuamos de determinada manera es para un solo objetivo: conocernos (ellas y ellos, ellos y ellos, ellas y ellas, ellos más ella más ella, etc.).
Lugares frecuentes: bares, restaurantes, boliches, recitales, muestras de arte, charlas, gimnasios, los bosques de Palermo y Costanera sur (para los “deportistas”). Sin embargo, hay algo que le escapa al soltero común que no logra apreciar el potencial total de ciertos eventos en auge en estos tiempos: las marchas de protesta.
Si uno se toma el trabajo de ponerse a contar las innumerables manifestaciones que suceden en una semana en la City, se dará cuenta de que hay una variedad importante de la cual elegir. Siempre es recomendable encontrar aquellas manifestaciones a las cuales nuestras ideas sean más afines. Por ejemplo, no sería demasiado productivo participar en una marcha de una organización Marxista-Leninista enfundado en un sweater Tommy, pantalón de vestir, zapatos náuticos y los pelos enmarañados con una buena cuota de gel. La pluralidad tolera solamente ciertos límites.
Alguien podría llegar a pensar que pasar algunas horas en el medio de una muchedumbre casi sin espacio para moverse, transpirado y a los pisotones, no sería el ambiente más propicio para el caldo de cultivo de una relación; no se preocupe: es lo mismo que ir a bailar, pero con menos ruido y la posibilidad de diálogo. No corren en este escenario artilugios viejos, como la injusticia, que sí funcionan en otros lugares. Arrancar una conversación tocándole el hombro a la chica que tenemos adelante (después de estar analizando su figura por media hora) y decirle “Hola, ¿Cómo va? ¿Siempre venís acá?”, nunca va a funcionar, porque en esta situación, nuestra interlocutora – actually – sí escucha lo que decimos. No señor. No es ambiente para el chamuyo barato y berreta. Aquí se precisan neuronas y cierto conocimiento de la realidad cultural, social y política – además de una dicción cuasi perfecta. Siempre hay que hablar de lo terrible que es la situación X del país o, si se conoce del tema, de política internacional (que siempre es un plus).
Mujeres hay en todos lados, es cierto, pero las mujeres que concurren a las marchas van motivadas por algo y, además, van con ganas de congeniarse con sus conciudadanos respecto al meollo de la cuestión. En pocas palabras: están predispuestas al diálogo.
Para los fumadores, iniciar el contacto resulta inclusive más fácil: ella saca el paquete de cigarrillos de la cartera (debemos estar atentos a estos detalles para proceder con celeridad) y nosotros (los “celéridos”) ya tenemos el encendedor en la mano, ofreciéndole fuego – como todo caballero debe hacer. Debe prestársele especial atención a la dirección, fuerza del viento y altura de la llama del encendedor; no sea la cosa que nuestro acto galante termine incendiando la cabellera de nuestra bella donna.
Un último consejo: no pasen solamente su tiempo observando la figura de la Mujer que tienen delante de arriba hacia abajo. Primero que nada, queda mal, y segundo, nunca debemos tener dudas respecto a la compañía o falta de compañía de la dama. Cerciórense de que no haya padre a la vista (especialmente si la fémina es demasiado “jóvena”), ni hermanos celosos ni novios. Padres y hermanos son manejables, pero el sujeto acompañante denominado “novio” no entiende razones. Nunca van a entender “¡Ah! ¿Estás con ella? No sabía”, o “Perdonáme, no me di cuenta”. Su respuesta puede llegar a ser instantánea, violenta y hasta letal.

jueves, 14 de agosto de 2008

Yo conmigo mismo

¿Qué hacer con todos estos pensamientos, con todas estas ideas? ¿Qué estoy haciendo de este invierno, además de hibernar, de quedarme guardado en esta cueva?

En este último tiempo, tengo la sensación de que han pasado muchas cosas, pero que no he hecho demasiado. Es cierto: pasaron los días con sus interminables noches. Insomne quién sabe por qué motivo, estiro estas horas de pensar en todo y en nada. Apoyo la cabeza en la almohada y miles de ideas se me cruzan por la cabeza; muchas cosas por hacer, sobre las cuales escribir, sobre las cuales actuar. La vida no se detiene y yo tampoco, aunque a veces tenga la sensación de que me lleva cierta ventaja. Me levanto de la cama, busco abrigo, pongo el agua para los mates y me siento delante de la PC. Son las 3 de la mañana. No hay nadie con quien hablar, salvo yo mismo…y, la verdad, a veces me aburro de mí. Creo otro yo, y también me aburro de él, a medida que más y más noches y más y más días me/lo escucho hablarme.

No es que lo que tengamos para decirnos no sea interesante; más bien es la cantidad de cosas interesantes que nos decimos y pensamos y unas ganas irrefrenables - como un instinto animal - de llevarlas a cabo a cada una de ellas, en un minuto. Sabemos que somos impacientes y al mismo tiempo sabemos que ninguna de las cosas que pensamos pueden lograrse de un día al otro. Pero lo intentamos igual.

¿Qué vamos a hacer con el país, cuál es la mejor manera de solucionar los problemas que tenemos? ¿Cómo hacerle entender a la gente que hace falta ser un poquito menos egoístas, un poquito menos prejuiciosos, un poquito menos agresivos, un poquito menos ambiciosos y darle al otro (a ése extraño que está fuera de nosotros) un trato más humano? ¿Cómo lograr que la gente abra por voluntad propia las cajas en las cuales guardan su humanidad? Da miedo. Nos preocupa el daño. Lo mismo pasa con la sensación de que vivimos en un mundo agresivo, violento, sin piedad. Por lo tanto, creo que vale la pena hacer la siguiente aclaración: en el mundo, hay más personas buenas que malas. Si todos fuéramos tan malos como se nos muestra, el mundo viviría en una anarquía absoluta. El problema reside en que lo bueno no vende. La violencia, las guerras, los asesinatos, las violaciones, las muertes, el sexo, el éxito fácil, rápido, material y superficial, cualquier escándalo, tiene mucha más y mejor prensa. En un mundo compelido a buscar siempre vender más, a superarse en números, en shock, en impactar, resulta casi natural que así sea. Lo peor es que nos acostumbramos. Lo que ayer nos causaba estupor, nos impresionaba, nos indignaba, hoy casi, casi pasa desapercibido.

En los medios se nos muestran imágenes segundo a segundo de cuán importante es alcanzar el éxito sin importar cómo se llegue a él. En una sociedad ignorante y con valores morales en decadencia, esto pega muy fuerte. Es, de alguna manera, querer resumir a la Vida a absolutamente nada. No importa el viaje, las vivencias…solamente importa llegar; cuanto más rápido mejor. Todos queremos ser excepcionales, no toleramos la “normalidad”. La normalidad es aburrida…y por eso nos llenamos la cabeza de pelotudeces de la vida de otras personas mediáticas, las cuales parecen mucho más interesantes que las nuestras. ¿Cuántas horas de TV hay dedicadas a hablar de culos, tetas, de quién se acostó con quién, de la casa que se compró Fulano, de que Mengana sale con Sultano? Por un momento creemos que la verdadera vida, la que vale la pena vivir es así, y que la vida es eso.

De la misma manera en la cual veneramos el éxito, la guita, la superficialidad, hacemos lo propio con la pobreza. ¡Cómo nos gusta hablar de la pobreza! La pobreza la relacionamos con dos cosas: el delito y, paradójicamente, a una especie de “santidad”. No se puede ser honesto con plata y tampoco se puede ser pobre sin ser delincuente o se puede ser pobre y honesto, pero pensamos que hay muy poca de esa gente. Así de contradictorios somos. La honestidad, la moral, el amor, la maldad, el odio, no están ligado a una clase social, pueblo, raza o religión. Todos estos defectos o virtudes son inherentes al ser humano. Pero nos gusta encasillar, nos gusta poner etiquetas, nos gusta fijarnos en aquellas cosas en las cuales somos diferentes y no en las cuales somos iguales o parecidos. Así, vamos tejiendo una compleja red de diferencias que nos alejan cada día más de lo que somos…basándonos en parámetros artificiales, que cambian cada tanto, dependiendo la moda que impere.

Nuestro afán de más, mejor y más rápido, parece – por momentos – fagocitarse el sentido mismo de la vida.

Pero, ¿qué se yo de la vida? Soy un nabo más con insomnio que se sienta a escribir. Soy solamente uno más que, como muchos de Ustedes, se sienta a veces a pensar un rato la vida, en dónde se está parado. No pretendo reinventar la rueda. No tengo nada nuevo para decirles. No voy a decirles nada que no hayan escuchado ya en la boca de alguien o leído en algún lugar, o escuchado en alguna canción. Quizás escriba para no olvidar ciertas cosas, para no perderme, para no olvidar lo que soy y quién soy, para sentirme único y distinto en este menjunje…o quizás escriba para ver si escribiendo, puedo recuperar el sueño.

jueves, 5 de junio de 2008

Porteños on the road

Moverse en la ciudad, por más problemático que sea, siempre implica distancias cortas. Raramente el porteño realiza algún viaje que requiera desplazarse más de 50 kilómetros.
Cuando se va de vacaciones, muchas veces da la impresión que estuviera yendo al fin del mundo, a ese lugar en el horizonte en el cual cae el agua de los océanos – porque todos sabemos que la tierra es plana.
Se prepara la familia completa, juntan los bolsos o valijas, y salen a enfrentar lo desconocido. Ropa a granel, el infaltable equipo de mate, un par de CDs para ir variando la música entre los gustos del padre, la madre, y los hijos. Y finalmente, muy temprano, se sale a la ruta.
Los primeros 20 kilómetros transcurren sin mucha pena ni gloria. Los ánimos son buenos, hay cierto relajo en el hecho de estar alejándose de la ciudad. Podría decirse que ya se respira un “aire vacacional”. “¿No están contentos, chicos? ¡Nos vamos de vacaciones!” dice el padre, mientras mira a los hijos por el espejo retrovisor. “Vamos a hacer esto, y esto y esto. También podemos hacer esto y lo otro, y ¿por qué no? ¡Eso también!”. Cómo caen estos comentarios siempre depende de la edad de los “chicos” en cuestión. Los hijos chicos-chicos no le dan mayor importancia, y los adolescentes, tampoco, pero les molesta el hecho de haber tenido que levantarse temprano y encima, “¡viajar con los viejos!”.
Se van sumando kilómetros y las consecuencias empiezan a notarse. Ya no se puede escuchar la radio “de todos los días”. La primera opción es siempre buscar otra radio. Dependiendo del lugar en donde se encuentren, las emisoras pueden ser de folklore, de cumbia, o religiosas. Son esas tres opciones o recurrir a los CDs. El padre toma uno, lo pone en el estéreo y a los 5 minutos se produce la primer debacle del viaje. “¿No podemos escuchar otra cosa?” – dice alguno. Casi nunca los gustos musicales coinciden en un viaje familiar. Si la discusión se prolonga más de lo tolerable, los padres recurren a la decisión salomónica del “Bueno, entonces no escuchamos nada. ¿Todos contentos ahora?”. ¡No, papis! Esa decisión nunca conforma a nadie…pero ayuda a terminar con la discusión.
Kilómetro 150. Ya no se discute por la música. La radio está apagada. El gris del asfalto cedió a los distintos tonos verdosos o amarillentos de los campos, arboledas o pastizales que se suceden infinitamente. Los temas de conversación se van agotando, al punto tal de decir cosas como “Cuánto verde, ¿no?”. Ya no falta mucho para el “¿Cuánto falta, Pa?”. Paciencia.
Más allá de los 500 kilómetros, el ambiente dentro del auto se torna espeso. Empiezan las críticas mutuas entre piloto y copiloto del auto, las discusiones respecto al lugar en dónde almorzar, dos camiones adelante del auto y una curva detrás de la otra. Un auto que viene desde atrás se mete entre nosotros y el primer camión. La bocina que tocan. La cara de indignación. El grito no muy fuerte, pero desencajado de “¡MIRÁ A ESTE TIPO! ¿A DONDE VAS?”. Señal de luces y el humor que va cayendo en picada, inversamente proporcional al cansancio que ya se hace notar.
Por suerte pronto llegan a destino, pero las vacaciones recién comienzan…

Luego de bajar las valijas, bolsos y demás petates del auto, finalemente podemos decir que el porteño “llega de vacaciones”.
Este desembarco a destino no implica mayores cambios en los hábitos citadinos. Por ejemplo, se llega a un pueblo alrededor de las 22. Después de que se baña toda la familia, se ponen pitucones para salir a cenar afuera. “Vamos a cualquier lugar, total, mañana vamos a poder recorrer un poco más y ver otros lugares para ir a cenar o almorzar”, dice el padre. Salen caminando e ingresan al primer lugar que ven. Un restaurant de pueblo sin mucha gloria, sin tenedores de la guía Michelín, no hay Metre ni somelier. Pero esto no esproblema, vinieron a comer “comida regional”. El proteño siempre va a intentar jugarla de local en tierra foránea, pero pocas veces lo logra. Casi nunca piden algún plato típico del lugar, porque les resulta, lisa y llanamente, repugnante. “Milanesas de carpincho con ensalada” … ¿quién puede comer eso? Ven pasar un flan casero hacia otra mesa y se preguntan si el lugar habrá pasado los controles de bromatología municipales – si los hubiere. Cubiertos con mangos de plástico de distincos colores. Platos de vidrio Durex vasos todos iguales, independientemente de para qué se los use. Uno de los chicos quiere pedir la milanesa de carpincho, pero con puré de papas, “para probar”. Los padres fruncen el ceño, tratando de persuadir al joven o jóvena que lo haya pedido. No tienen éxito.
Mientras esperan a que llegue la comida, pispean los rollitos de manteca que vinieron en un potecito de metal con agua, un poco de pan de ayer y unos grisines que denotan humedad ambiente. A pesar de todo, untan el pan con la manteca, nada más que ¡porque tienen hambre!
Llegan los platos y empiezan a comer. Todos los comensales miran el plato con la milanesa de carpincho, esperando quizás que no sea una milanesa, sino la suela de alguna alpargata o zapato hecho con el cuero de ese animal. Se pincha la milanesa. “No gritó, buen signo”. Se corta la milanesa. “mmm”. Se mete un bocado en la boca y se mastica. “Bué…no está tan mal. Tiene gusto al olor de transpiración”. Todos prueban un poquito como para confirmar que lo que se ha dicho hasta el momento es cierto. Y así es.
Después de haber terminado de cenar, de haber comido postre, piden la cuenta. En ese tiempo laxo de necesidades satisfechas comienzan a preguntarse si hicieron bien en comer ahí. Se empiezan a fijar en las manos del mozo que les trajo los platos, en cómo cuando lleva la comida el dedo gordo se mete adentro de la comida; se fijan en que el cocinero no tiene ningún gorro que evite que los pelos y la transpiración caigan accidentalmente en la comida. Recién ahí, comienzan a fijarse en todas esas cosas que no habían notado antes por el cansancio y el hambre. Se retiran, con bastantes dudas respecto a si van a sobrevivir esa noche o si tendrán que correr al hospital local (¡Hospital local, por dios! ¡No hay una clínica cerca!) por la indigestión de alguno.
Llegan al hotel y se van a dormir. Se apagan las luces. Cada uno en la soledad de su almohada, y con la sugestión propia del que comió fuera de su casa y de su ciudad, empiezan a sentir distintos tipos de molestias inventadas. A pesar de esto, nadie dice nada.
A la mañana siguiente todos se sorprenden de seguir con vida. Se aprestan a desayunar y salir a hacer alguna caminata por algún bosque o cerro. Una vez más se suben al auto y luego de un corto periplo, llegan al inicio del camino que los llevará hacia el corazón de la naturaleza.
La preparación para esta nueva aventura no es menor. Se llevan una brújula, mapas, localizador satelital, linterna, espejos, ropa de abrigo, agua como para hacer crecer el nivel de un lago en un metro, calzado especializado, lentes, protector solar, fósforos, navaja de sobrevivencia y algún que otro libro explicando la flora y fauna de la zona. Infaltables son las cámaras de fotos y los teléfonos celulares. “Hay que estar preparados para lo peor”, se excusan.
Comienza la caminata. Poco a poco nuestros aventureros avanzan en el sendero muy bien demarcado. Lo que era un camino ancho y abierto, se convierte en uno angosto y cada vez con mayor vegetación. Se mueven en una sola fila, siempre por el camino marcado. Aventurarse tan solo un metro fuera de él, sería poner en riesgo la vida misma y la integridad del clan. Se oyen distintos tipos de pájaros cantando, el ruido del viento atravesando las ramas de los árboles. Poco a poco se escucha más el silencio que cualquier otra cosa. El sudor empieza a brotar de los poros de nuestros cansados exploradores. Se detienen por un minuto a recuperar el aire, beber un poco de agua y comer alguna galletita o fruta. Mientras admiran el espectáculo alrededor suyo a alguien – generalmente a alguno de los padres – se les escapa un “Qué hermoso, ¿eh?”. Tiran su mugre a un costado (envoltorios de plástico incluidos). Continúan caminando y a pocos metros más adelante se topan con el primer inconveniente: un furioso río corta su camino. Bueno...”furioso río”, no. ¿Podemos decir una “vertiente enojada”? Lo peor del caso es que no estaba indicado en el mapa.Con la mirada desencajada, el padre revisa una vez más la cartografía. Prende el GPS y busca algún indicio de puente para cruzarlo. No encuentra nada. Mira a su alrededor y con un papel y lápiz (que también habían llevado), se pone a hacer cálculos para construir un puente con las maderas circundantes, capaz de soportar el peso del más pesado del grupo: él.
Mientras tanto, uno de los purretes se atreve a hacer algo impensable: cruzar a pie el obstáculo. “¡Mirá, Pa! ¡Lo podemos cruzar caminando, no es muy profundo!”. El clan se aproxima para ver de cerca el suceso, mientras la madre pega un grito desgarrador diciendo: “Pero te estás mojando las zapatillas y el pantalón! ¿Quién saca esa mugre de la ropa después? ¡Te vas a enfermar andando mojada(o)!”. Una mezcla de desesperación y júbilo se apodera de ellos. Después de que el más valiente hubiere cruzado, el resto se anima a cruzar, extremando la cautela. En definitiva, cruzar esa vertiente era como caminar en una bañadera: cualquiera corría el riesgo de resbalarse y morir desnucado.
Continúan el ascenso y los pensamientos se funden con recuerdos de programas como “Sobreviví”, “A prueba de todo” y la película “Viven”. Ya no pueden caminar más y el camino hacia la cima se pierde en el bosque. Les duelen los abductores, los cuádriceps, las pantorrillas. Sólo han avanzado 500 metros y han caminado, como mucho, una hora y media. Empiezan a colarse ideas respecto a qué sucedería si la noche los toma por sorpresa en ese paraje inhóspito, bestial y salvaje. No les queda más remedio que seguir adelante para encontrar un sesgo de civilización. El paisaje ya no es “tan hermoso”, es “mas de lo mismo”. No tienen señal en ninguno de los celulares que llevan. Se cansaron ya de tomar fotos. Y, para colmo de males, no se han cruzado con ningún ser humano en todo el trayecto. En un momento se vé, a lo lejos, una casita. “¡BINGO! ¡El refugio!”. Apuran el paso y está ahí, ya no falta nada. Solo unos metros más. Empiezan a correr, sin darse cuenta que la inclinación del terreno transforma un metro en cuatro, aumentando proporcionalmente su cansancio. Las mochilas ya pesan. El aire les pesa.
Se escucha un ruido que viene desde atrás de ellos pero no le dan importancia. Se aproxima el ruido: son pasos. Pasos que se suceden rápidamente. Se empiezan a distinguir voces. De pronto, un grupo de cuatro pibes les pasan por el costado, como si hubieran caído en paracaídas en ese punto del trayecto. Ninguno tiene mochila, ni agua, ni brújula, ni gorritos para el sol, ni teléfono celular, ni cámara de fotos, ni navaja de mil usos, ni ropa de abrigo. Solo llevan puestos una remera, un pantalón corto y un par de zapatillas.
Al líder del grupo de jóvenes se le escucha gritar: “¡Vamos 15 minutos, tenemos que llegar antes de los 20! ¡VAMOS!”. Aceleran el paso y se pierden en el sendero.
Nuestro grupo de boy scouts se ve envuelto en una nube de polvo. Los corredores se llevaron consigo el sentido de aventura y la moral de nuestros porteños gone wild. Se aproximan al tan anhelado refugio. Trepan los últimos metros de la salida del sendero con los restos de dignidad que les queda y con cara de “aca no ha pasado nada” caminan (ahora sí) erguidos y orgullosos hasta las mesas colocadas en una especie de galería.
Se oye el ruido de un automóvil y, para su sorpresa, ven como un grupo de gente llega sin transpirar ni una sola gota, sin sufrir ningún percance, sin ningún dolor al mismo lugar que ellos. “La naturaleza no tiene piedad ni sentido de justicia” se le escucha balbucear al padre…

Ñoquis

Acá le decimos ñoqui a alguien que no hace nada o que solamente hace algo ante los ojos de los demás cada tanto, como para que – justamente - no digan que no hace nada.
Hubo varios casos que salieron las noticias. Uno de los últimos fue el de los que había en la administración de la Ciudad apenas asumió el nuevo gobierno. Me imagino que en cada administración municipal, provincial y nacional tendrá su cuota de estos personajes.
Sin embargo, a todos (de capital, de la provincia, del interior y, por qué no, del mundo) se nos han escapado por lo menos cuatro ñoquis de una fama descomunal a los cuales no se les hace cuestionamiento alguno.
¿Qué estará haciendo Papá Noel hoy? El tipo labura un día al año, solamente porque todos sabemos que tiene que venir, como aquel ñoqui que “aparece” en la oficina el día que sabe que va a haber una inspección. Dudo muchísimo que Papá Noel esté en estos momentos haciendo estadísticas respecto a la evolución de las buenas y malas acciones de cada persona a lo largo de los años. Nunca vi en ninguna navidad una advertencia de Santa en el tono de: “ ¡Hey! Tus buenas acciones solamente muestran un incremento del 1,75% interanual y respecto a la misma fecha del mes anterior, has bajado un 0,45%. Tu hermano Juan tuvo una mejora interanual del 25%, por eso a vos te traje el par de medias y a él el autito a control remoto”. ¿Qué hace Papá Noel fuera de esos dos (como mucho) días que trabaja? ¿Cómo le da sustento a su hogar? ¿Con qué les paga a los enanitos que lo ayudan?
Si Papá Noel es el único que trabaja en la casa, vive en el polo norte, en una casa llena de luz y gigante, tiene (por lo menos) seis renos, no sé cuántos enanos (¿serán sus hijos? Eso explicaría qué hace con tanto tiempo libre), los reyes magos, sin hijos ni enanos, con solamente tres camellos…deben llevar una vida de lujos. Encima de todo, ¡son solteros y son Reyes! Dónde residen los reyes magos, también es un misterio. Algunas personas dicen que viven en Europa, África o Asia. Teniendo en cuenta las características fisonómicas de cada uno, podemos llegar a asumir que dos sean europeos y uno de África pero, ¿un rey mago Asiático? No, sinceramente no me lo imagino. Sean de donde sean, su vida debe ser mucho más fácil que la del pobre Papá Noel, que vive constantemente con temperaturas bajo cero (lo cual hace que me pregunte nuevamente si los enanitos no serán sus hijos). Si a alguno de Ustedes se les ocurre qué pueden llegar a estar haciendo estos cuatro personajes el resto del año, espero sus comentarios en el Blog