martes, 29 de enero de 2008

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Hay momentos en los cuales no queda nada que decir, ya todo lo pensado está hecho, escrito, plasmado de alguna manera.

Por algun motivo, el transcurrir de los días se ha transformado en algo placentero. No hay nubes en el horizonte, no hay cosas urgentes por las cuales correr, ni deseos imperiosos que satisfacer. No hay desesperación ni angustia; no hay mal humor. Todo parece haber alcanzado una suerte de balance, de equilibrio. Me permito pensar, me permito sentir, sin estar atormentado. Y me pregunto si esto es ser, si la suma de mis decisiones tomadas ayer son la causante de haber podido llegar a este momento.

Quizás esté llegando a ser; quizás esté llegando a mi; quizás esté aceptando lo que me ofrece la vida dia a dia sin darle mucha batalla. Quizás esté aceptando que la vida y cosas de la vida tienen los vericuetos que yo decido crear en ellos, que soy yo el que enreda y desenreda las cosas que me suceden.

Quizás simplemente haya comprendido los beneficios de dar, de brindarme, de abrirme un poco más, de escuchar, de intentar de entender...sin buscar, sin querer nada a cambio. Quizás haya comprendido que este tipo de cosas son las que me enriquecen y endulzan la vida.

miércoles, 16 de enero de 2008

Felicidad

Entre las cosas pendientes por hacer antes de que terminara el año quedaba mi columna para esta Contracrítica.

Decir que fue fácil sentarme a escribir estas líneas sería mentira. No solamente por el ajetreo típico de esta época. Otro año más que pasó, que nos dejó atrás. Algunas personas se preparan para irse de vacaciones, otras simplemente disfrutarán de los feriados correspondientes a la Navidad y al Año Nuevo y volverán al trabajo habitual quién sabe hasta cuándo.

La dificultad para escribir algo no sólo radica en la falta de tiempo, sino, más bien, en el tema. Muchos pensamientos, muchas ideas, pero poquísimas palabras salen de los dedos. Ninguna acerca de nuestra bendita ciudad.

Creo que en lo que más pensé en este último tiempo es en la felicidad y la dificultad que tenemos para encontrarla. La felicidad resulta, muchas veces, inalcanzable. A veces, da la impresión que nos hace falta algo y ese “algo” no se deja hallar. Para algunos es el amor; para otros, el dinero o el poder; para otros, un plato de comida. En sí, qué es la felicidad depende de la perspectiva y de la persona que mire.

Sin embargo, siempre nos va a faltar algo, siempre va a haber algo que deseamos tener y no tenemos, aunque otros piensen que lo tenemos todo. A veces la vida nos da un cachetazo, para recordarnos qué tiene sentido, qué tiene valor. Y es ahí cuando muchas veces nos arrepentimos y pensamos “si tan sólo…”. Pero cuando llegamos a esa instancia, seguramente será tarde.

Para mí, la felicidad se encuentra en las cosas cotidianas de nuestra vida, en las personas, en el amor que sentimos y tenemos hoy. No tiene mucho sentido pensar en la felicidad futura si somos incapaces de disfrutar y valorar lo que tenemos y somos hoy. Creo que sería importante que dejáramos de valorar la vida solamente cuando ésta se ve amenazada. Desacostumbrémonos a las cosas y personas que nos rodean todos los días y las apreciaremos más. Focalicémonos en las cosas que realmente valen la pena y démosle a la vida el lugar que merece. Somos frágiles, somos mortales.

Por todo esto, amemos hoy. Digamos “te quiero”, hoy. Besemos hoy. Perdonemos hoy. Escuchemos hoy. Disfrutemos la vida hoy. Preocupémonos un poco más por lo que somos que en lo que tenemos, hoy…

Mañana es una promesa.

Hansel & Gretel en la ciudad

Casi con la misma angustia de los personajes del famoso cuento, muchos porteños temen no encontrar el camino de vuelta a su casa u oficina. Mientras caminan por la calle, van dejando a su paso envoltorios de galletitas, paquetes de cigarrillos vacíos, boletos de colectivo, y algún que otro papelito que los guíe de vuelta a su lugar de origen. Cinco pasos, un papelito.

En ciertas ocasiones, toqué el hombro de alguna de aquellas personas, para avisarles que habían dejado caer un papel en el piso. Se los devolví. Pero al parecer la vergüenza sólo los ataca cuando se los encara. Miran, se sonrojan, dan media vuelta y siguen su camino.

Un día, en otro gesto de amabilidad, logré juntar del piso una bolsa con envoltorios de fiambre y bandejas de cartón que accidentalmente habían caído del lado del conductor de una ambulancia. Gentilmente le dije: “Tomá, se te cayó esto” y con una sonrisa en la cara, pasé la bolsa dentro del vehículo, apoyándola en el regazo del conductor. No entendí bien por qué no me agradeció, pero como uno no debe hacer las cosas para que se lo retribuyan, continué mi camino hacia ninguna parte.

En la ciudad hay un cesto de basura por esquina. Tirar la basura en la calle cuesta exactamente lo mismo que tirarla en uno de los miles de cestos distribuidos por la ciudad y, aunque no lo crean: ¡es gratis! Pero entiendo que el color anaranjado y tapa negra de los recipientes plásticos es poco visible, y, para colmo de males, ¡están tan fuera de nuestro camino y escondidos!

Cuando se está en un vehículo, el terrible trabajo de deshacerse de los desechos, puede costarnos un poco más de tiempo por el hecho de tener que detenernos, descender del vehículo, encontrar un cesto y decirle adiós a nuestra basura. Pero les comento algo: los automóviles cuentan con ceniceros y, hoy en día, en la mayoría de los lavaderos de autos - además de colgar un hermoso pino de tela con perfume en la palanca del guiño - nos obsequian una pequeña bolsa de residuos, justamente para evitar tirar nuestra mugre en las calles. Puede darse el caso que la basura en cuestión sea demasiado grande para nuestro petit taché de basuré, pero nada tan grande o tan pestilente que no pueda esperar una o dos horas para que lo tiremos en nuestra propia casa. Y si no contamos con esta tecnología de punta… ¡se ensucia el auto! Estamos perdidos. ¡Dios mío!

La falta de respeto al espacio público es una falta de respeto a nosotros mismos. Tomemos a los 3 metros cuadrados que nos rodean en todo momento como el living de nuestra propia casa y disfrutemos todos de una linda y limpia ciudad. Y para aquellos que teman no encontrar el camino a casa si cambian este hábito…ya es hora de que en vez dejar migajas tras sus pasos, dejen de creer en cuentos.

Peatón con patente

Recientemente se ha presentado un proyecto de ley en la legislatura porteña para ordenar el tránsito de los peatones. El proyecto 2104-D-2007, que tiene la intención de obligar a circular a los peatones con el hombro derecho lo más cerca posible de la línea de edificación, prevé una señalización que indique el sentido obligatorio, un periodo de 180 días para “educar” a la ciudadanía y, también, “penalizaciones correctivas onerosas” para quienes transgredan dicha ley.

Lo curioso de este proyecto es que no debería ni siquiera plantearse como tal, si tan sólo utilizáramos el sentido común.

Puede resultar ridículo presentar un proyecto de ley para ordenar el tránsito de peatones, pero debemos reconocer las barbaridades que cometemos todos los días como “conductores de a pie”. ¿Cuántas veces cruzamos avenidas y calles sin tener habilitado el paso en el semáforo, o con la luz titilando, mirando a los conductores (a aquellos que son pacientes y no nos tiran el auto encima) con cara de “Ya cruzo, ¿eh? ¡Esperá, soy peatón!”? ¿Cuántas veces esperamos para cruzar sobre la calle misma, en vez de hacerlo sobre la vereda?

También es interesante analizar a los peatones-hormiga de las calles Florida o Lavalle. Cruzar de un lado al otro es una odisea. Hay que esquivar a los vendedores ambulantes, a los que bailan tango, a los que tocan la guitarra, el violín o el saxo, a los chicos ucranianos tocando el acordeón y la masa de gente que literalmente vuela en ambos sentidos. Y uno, desorientado, se convierte en un grumo en la homogeneidad de la masa humana que va para un lado y para el otro. Pero no necesitamos que nos digan cómo comportarnos como peatones. En vistas a este nuevo proyecto de ordenamiento de tránsito peatonal, estoy esperando que se regule e implemente, sólo para saber si nos van a sacar foto-multas, o si nos van a dar una decorativa “chapa patente” para circular a pie, por la ciudad. ¿Pedirán licencia de caminar también? ¿Cómo será el examen para dicha licencia? La verificación técnica, ¿se podrá realizar en la comisaría o algún hospital de nuestro barrio?

Algunas normas nos parecen ridículas y pataleamos porque los legisladores pierden el tiempo en proyectos como éstos. Pero no todos los proyectos y leyes carecen de lógica. Muchas veces los que carecemos de lógica somos nosotros mismos, al punto de parecer idiotas.

Exigimos un cambio de actitud en nuestros gobernantes, pero somos incapaces de realizar cambios de malos hábitos en nuestra vida cotidiana para el beneficio común. Como sociedad, no nos respetamos, y, hasta que no lo hagamos, nada va a cambiar en la actitud de los políticos.

Mi viejo siempre me dijo que pensar era lo más difícil. Pensar en uno cuesta. Y pensar en los demás…parece mucho más difícil.

El colectivo, la máquina bestial

Ya sea que salgamos de la estación de algún tren en Retiro o en Constitución y nos espera otra delicia citadina: el colectivo. Modernas unidades nos esperan con un chofer sonriente, siempre dispuesto a llevarnos con agrado a nuestro destino. Le hablamos a “la maquinita”, metemos nuestras moneditas y ¡voilà!, sale el boleto. Caminamos en el amplio pasillo – que generalmente se encuentra vacío – y tomamos un asiento confortable, limpio y entero… in your dreams, porteño! Racimos de gente se cuelga del estribo del colectivo, tratando de no quedar abajo, mientras el chofer acelera repetidas veces (que significa “Vamo’ Vamo’”); se comunica con los otros conductores con un lenguaje similar al de las ballenas pero un poco más reiterativo y mono tono. Pide paso, y sale echando humo y putas (y a algunos peatones, de paso) de la parada. Agarra la avenida, viene por la izquierda, dos cuadras de la próxima parada. A escasos cien metros, a algún mal nacido se le ocurre bajar y la avenida es un tramado impenetrable de autos. Pone el guiño y avanza hacia la derecha con la agilidad de una bicicleta, porque, ya es sabido: el tamaño, ¡no importa! En señal de respeto al hermano mayor del tránsito, todos le dejan el paso. Pero el chofer no tiene tiempo para detenerse paralelo al cordón, por eso para a cuarenta y cinco grados, dejando al peatón a unos dos metros de la vereda, ocupando dos carriles de la avenida, para la felicidad de todos los que quedaron atrás. El resto de los conductores agradece el gesto enviándole saludos a la madre del chofer y el chofer devuelve la gentileza saludando a las madres de éstos. Todo es cordialidad y respeto. Arriba del colectivo, mientras tanto, las doscientas personas que viajan de pié miran sigilosos las intenciones de los cuarenta que están sentados. Movimientos extraños pueden causar un alud humano sobre ese preciado posa traste. Una persona mueve su pierna hacia el pasillo. ¡Maldición! No se baja. Hay una viejita parada…¡pero será de Diós! ¿Le tengo que dar el asiento? ¿Quién me va a decir algo? Ma’ si… ya se desocupará otro. Estoy llegando a mi parada. Toco el timbre. Ya casi estoy y el chofer ni me miró. ¿Andará el timbre? Toco de nuevo. Nada. Veinte metros para mi parada y éste que sigue acelerando. ¿Será sordo el chofer? Toco de nuevo. De adelante se escucha la voz del chofer entre la muchedumbre, “¡Nene! Si te gusta el chiche, llevátelo a tu casa”. Me bajo y mientras el colectivo acelera, respiro una bocanada entera de monóxido de carbono, y plomo. Ahora sí estoy listo para continuar con día.