Comenzando el mes de febrero empiezan a aparecer cartelitos y publicidades varias respecto a esta fecha tan “especial”. El día de los enamorados se aproxima. Promociones varias de viajes, de cenas, de bares, de eventos, espectáculos y salidas a granel. Todo es dulzura, cupido y corazones. El dos por uno no presidiario – o sí, dependiendo de la situación de la pareja en cuestión.
Si es un día de plástico inventado por el marketing, importado de otras latitudes, si san Valentín fue santo o no, queda fuera de todo cuestionamiento. Solo o en pareja, corresponde enviar un par de tarjetas virtuales (las de papel y escritas a mano las mandan solamente aquellos que están en los primeros meses de noviazgo), escribir en el nick del MSN “Felíz día de San Valentín!” – con varios signos de admiración y alguna que otra carita sonriente, un corazón, una estrella, un sol. Los buenos días ya no son “¡Buenos días!” sino, “¡Feliz día!” (con caritas acorde).
Flores. Flores por todos lados. Uno sale a la calle y da la impresión de encontrarse en el medio de la selva amazónica. Uno, dos, tres puestos de flores en una cuadra. Algunos nacieron del asfalto mismo, no estaban ahí escasas horas atrás. Pero si uno tuviera la loca idea de comprar un ramo – después de mucho pensar – todas esas maravillosas flores desaparecieron y solamente nos queda elegir entre los ramos malos y los menos peores.
También, el 14 de febrero es un día de parto para aquellos que guardan en secreto ese amor hacia esa persona en lo más profundo de su ser. No fueron capaces de demostrarlo abiertamente durante los 364 días anteriores, pero no pueden dejar pasar un día más sin dar alguna señal y mucho menos este día. Entonces se rebanan los sesos buscando cualquier excusa, pensando el mejor momento del día para hacer la gran jugada. “Ok, tranquilidad ante todo. ¿Bombones? No, demasiado…y engordan. ¿Tarjeta? No me alcanzaría una tarjeta de doscientas páginas para escribir lo que siento por vos. ¿Flores? No, es muy común. Además, ¿cuáles le gustan? ¡Ahá, lo tengo! ¡La invito a tomar algo después de salir de la oficina! ¡Cómo no se me ocurrió antes! Pero, si la invito a tomar algo va a pensar que soy un tacaño, que no soy capaz de gastarme una cena en ella. ¿Y si la invito a cenar? Podría resultarle intimidante. Claro, imagináte…así de la nada, una cena romántica y yo hablándole cuatro horas acerca de lo maravillosa que es, contándole que estoy enamorado de ella desde el día que nació, aunque no la conociera. Es un poco fuerte. ¡uy, ahí viene!” Ya le transpiran las manos, siente que la voz se le va a quebrar, que no va a emitir sonido. La mira y le dice un “Hola” (así de chiquito), . Justo la impresora de matriz de puntos empezó a imprimir y ella no escuchó nada. En eso, entra en escena otro compañero de trabajo esquivando a nuestro “ente pensante”, se acerca a ella sonriente: “Hola, ¿cómo estás? ¿Tenés algo que hacer después del laburo…?” (así de grande). Y el otro gritando para dentro de sí “¡Caradura!¿Adelante mío le preguntás eso?¡Sí, tiene que hacer! ¡Va a a cenar conmigo, papafrita!” Mientras, el adelantado sin esperar respuesta, sigue “…porque si tenías ganas, conozco un lugar acá cerca que hay un barman de Sierra Leona que hace unos tragos con patas de rana y alquitrán que te hacen desear nunca haber nacido” (lo que diga es totalmente irrelevante para el otro). Al tímido se le inyectan los ojos en sangre, el corazón le late a 240 pulsaciones por minuto y siente una furia que se apodera de su interior, amenazando con estallar. Maldice a ese compañero, su determinación, su pelo de galán, la ropa impecable. ¡Le envidia hasta lo blanco de los ojos! Sigue gritando para adentro “¡Mal nacido! ¡Hijo e’ tu madre! ¡Me robaste la idea, confesálo! Sabías que yo la iba a invitar, ¡LO SABÍAS!”. Ella sonríe – con esa sonrisa que solamente las mujeres pueden dibujar en su cara, mezcla de niña y femme fatale – y acepta.
Entonces, el adelantado nota la presencia de el otro y lo saluda “Hey, nene, ¿todo bien?”. El otro indignado – pero no queriendo demostrarlo – responde al saludo con una sonrisa dibujada por una persona con mal de Parkinson “Bi-bi-bi-bien, bien, todo bien. Disculpáme, me tengo que ir”. Y sale caminando rápido y nervioso (no es alusión a película alguna, pero podría decirse que de sus zapatos salía humo). Mientras se aleja por el pasillo se dice: ”Al final era una arrastrada…al primero que vino le dio la sonrisita y le dijo que sí. Y ¿qué me importa? Hoy hay una maratón de la primer temporada de Lassie…Sí, mejor que no le dije nada, no tenía muchas ganas igual. Además, hay un ‘San Algo’ todos los días y ahora que me acuerdo… ¡soy musulmán!”.
Una mirada torcida sobre las cosas que pasan...y las que no.
jueves, 6 de marzo de 2008
jueves, 14 de febrero de 2008
Música
La música me envuelve y me lleva de viaje, hacia lugares que no conozco y que existen solamente en mi cabeza. Pensamientos de otra persona se mezclan con los míos, regando un jardín de sentimientos. Amanece y anochece al mismo tiempo y no me resulta extraño. Y me encuentro y me pierdo. Más palabras, más notas. El pasado que viene en olas, y un océano de posibilidades que encierra el futuro, incierto, difuso. La forma de una mujer que se dibuja en mi mente, iluminado de luna, lleno de noches sin dormir, de respiración agitada, de caricias sobre la espalda, de abrazos tiernos y fuertes, de besos hormiga, de cansancio que no importa, del tiempo roto.
Caracoles en la playa de mi imaginación, pequeños recuerdos que juntos hacen mi vida; mi primer beso - el río y el viento…los nervios. Primer amor, la primera vez que sentí un temblor en todo el cuerpo, viniendo desde adentro; todas aquellas primeras cosas mágicas que viví, todo el néctar que pude sacar de la vida hasta ahora; todas aquellas cosas perdidas y ganadas, los no y los sí, las dudas, los miedos, los cafés, los mates, las cervezas, las miradas, los gestos, los movimientos, las lágrimas de risa, las otras, las conexiones, las malas comunicaciones, las malas notas y la buena música. El corazón que se hace grande, que late fuerte, que no descansa, que no se achica, que se hace esponja y absorbe todo cuanto escucho, veo, siento y sienten los que están alrededor mío, los que conozco, los que me cruzo. Y lo guardo y aprendo y lo comparto en palabras, en ideas, en más música que retroalimentará el corazón, la cabeza y la imaginación de otros, sin importar lo que yo hable, piense o sienta.
Caracoles en la playa de mi imaginación, pequeños recuerdos que juntos hacen mi vida; mi primer beso - el río y el viento…los nervios. Primer amor, la primera vez que sentí un temblor en todo el cuerpo, viniendo desde adentro; todas aquellas primeras cosas mágicas que viví, todo el néctar que pude sacar de la vida hasta ahora; todas aquellas cosas perdidas y ganadas, los no y los sí, las dudas, los miedos, los cafés, los mates, las cervezas, las miradas, los gestos, los movimientos, las lágrimas de risa, las otras, las conexiones, las malas comunicaciones, las malas notas y la buena música. El corazón que se hace grande, que late fuerte, que no descansa, que no se achica, que se hace esponja y absorbe todo cuanto escucho, veo, siento y sienten los que están alrededor mío, los que conozco, los que me cruzo. Y lo guardo y aprendo y lo comparto en palabras, en ideas, en más música que retroalimentará el corazón, la cabeza y la imaginación de otros, sin importar lo que yo hable, piense o sienta.
martes, 29 de enero de 2008
32
Hay momentos en los cuales no queda nada que decir, ya todo lo pensado está hecho, escrito, plasmado de alguna manera.
Por algun motivo, el transcurrir de los días se ha transformado en algo placentero. No hay nubes en el horizonte, no hay cosas urgentes por las cuales correr, ni deseos imperiosos que satisfacer. No hay desesperación ni angustia; no hay mal humor. Todo parece haber alcanzado una suerte de balance, de equilibrio. Me permito pensar, me permito sentir, sin estar atormentado. Y me pregunto si esto es ser, si la suma de mis decisiones tomadas ayer son la causante de haber podido llegar a este momento.
Quizás esté llegando a ser; quizás esté llegando a mi; quizás esté aceptando lo que me ofrece la vida dia a dia sin darle mucha batalla. Quizás esté aceptando que la vida y cosas de la vida tienen los vericuetos que yo decido crear en ellos, que soy yo el que enreda y desenreda las cosas que me suceden.
Quizás simplemente haya comprendido los beneficios de dar, de brindarme, de abrirme un poco más, de escuchar, de intentar de entender...sin buscar, sin querer nada a cambio. Quizás haya comprendido que este tipo de cosas son las que me enriquecen y endulzan la vida.
Por algun motivo, el transcurrir de los días se ha transformado en algo placentero. No hay nubes en el horizonte, no hay cosas urgentes por las cuales correr, ni deseos imperiosos que satisfacer. No hay desesperación ni angustia; no hay mal humor. Todo parece haber alcanzado una suerte de balance, de equilibrio. Me permito pensar, me permito sentir, sin estar atormentado. Y me pregunto si esto es ser, si la suma de mis decisiones tomadas ayer son la causante de haber podido llegar a este momento.
Quizás esté llegando a ser; quizás esté llegando a mi; quizás esté aceptando lo que me ofrece la vida dia a dia sin darle mucha batalla. Quizás esté aceptando que la vida y cosas de la vida tienen los vericuetos que yo decido crear en ellos, que soy yo el que enreda y desenreda las cosas que me suceden.
Quizás simplemente haya comprendido los beneficios de dar, de brindarme, de abrirme un poco más, de escuchar, de intentar de entender...sin buscar, sin querer nada a cambio. Quizás haya comprendido que este tipo de cosas son las que me enriquecen y endulzan la vida.
miércoles, 16 de enero de 2008
Felicidad
Entre las cosas pendientes por hacer antes de que terminara el año quedaba mi columna para esta Contracrítica.
Decir que fue fácil sentarme a escribir estas líneas sería mentira. No solamente por el ajetreo típico de esta época. Otro año más que pasó, que nos dejó atrás. Algunas personas se preparan para irse de vacaciones, otras simplemente disfrutarán de los feriados correspondientes a la Navidad y al Año Nuevo y volverán al trabajo habitual quién sabe hasta cuándo.
La dificultad para escribir algo no sólo radica en la falta de tiempo, sino, más bien, en el tema. Muchos pensamientos, muchas ideas, pero poquísimas palabras salen de los dedos. Ninguna acerca de nuestra bendita ciudad.
Creo que en lo que más pensé en este último tiempo es en la felicidad y la dificultad que tenemos para encontrarla. La felicidad resulta, muchas veces, inalcanzable. A veces, da la impresión que nos hace falta algo y ese “algo” no se deja hallar. Para algunos es el amor; para otros, el dinero o el poder; para otros, un plato de comida. En sí, qué es la felicidad depende de la perspectiva y de la persona que mire.
Sin embargo, siempre nos va a faltar algo, siempre va a haber algo que deseamos tener y no tenemos, aunque otros piensen que lo tenemos todo. A veces la vida nos da un cachetazo, para recordarnos qué tiene sentido, qué tiene valor. Y es ahí cuando muchas veces nos arrepentimos y pensamos “si tan sólo…”. Pero cuando llegamos a esa instancia, seguramente será tarde.
Para mí, la felicidad se encuentra en las cosas cotidianas de nuestra vida, en las personas, en el amor que sentimos y tenemos hoy. No tiene mucho sentido pensar en la felicidad futura si somos incapaces de disfrutar y valorar lo que tenemos y somos hoy. Creo que sería importante que dejáramos de valorar la vida solamente cuando ésta se ve amenazada. Desacostumbrémonos a las cosas y personas que nos rodean todos los días y las apreciaremos más. Focalicémonos en las cosas que realmente valen la pena y démosle a la vida el lugar que merece. Somos frágiles, somos mortales.
Por todo esto, amemos hoy. Digamos “te quiero”, hoy. Besemos hoy. Perdonemos hoy. Escuchemos hoy. Disfrutemos la vida hoy. Preocupémonos un poco más por lo que somos que en lo que tenemos, hoy…
Mañana es una promesa.
Decir que fue fácil sentarme a escribir estas líneas sería mentira. No solamente por el ajetreo típico de esta época. Otro año más que pasó, que nos dejó atrás. Algunas personas se preparan para irse de vacaciones, otras simplemente disfrutarán de los feriados correspondientes a la Navidad y al Año Nuevo y volverán al trabajo habitual quién sabe hasta cuándo.
La dificultad para escribir algo no sólo radica en la falta de tiempo, sino, más bien, en el tema. Muchos pensamientos, muchas ideas, pero poquísimas palabras salen de los dedos. Ninguna acerca de nuestra bendita ciudad.
Creo que en lo que más pensé en este último tiempo es en la felicidad y la dificultad que tenemos para encontrarla. La felicidad resulta, muchas veces, inalcanzable. A veces, da la impresión que nos hace falta algo y ese “algo” no se deja hallar. Para algunos es el amor; para otros, el dinero o el poder; para otros, un plato de comida. En sí, qué es la felicidad depende de la perspectiva y de la persona que mire.
Sin embargo, siempre nos va a faltar algo, siempre va a haber algo que deseamos tener y no tenemos, aunque otros piensen que lo tenemos todo. A veces la vida nos da un cachetazo, para recordarnos qué tiene sentido, qué tiene valor. Y es ahí cuando muchas veces nos arrepentimos y pensamos “si tan sólo…”. Pero cuando llegamos a esa instancia, seguramente será tarde.
Para mí, la felicidad se encuentra en las cosas cotidianas de nuestra vida, en las personas, en el amor que sentimos y tenemos hoy. No tiene mucho sentido pensar en la felicidad futura si somos incapaces de disfrutar y valorar lo que tenemos y somos hoy. Creo que sería importante que dejáramos de valorar la vida solamente cuando ésta se ve amenazada. Desacostumbrémonos a las cosas y personas que nos rodean todos los días y las apreciaremos más. Focalicémonos en las cosas que realmente valen la pena y démosle a la vida el lugar que merece. Somos frágiles, somos mortales.
Por todo esto, amemos hoy. Digamos “te quiero”, hoy. Besemos hoy. Perdonemos hoy. Escuchemos hoy. Disfrutemos la vida hoy. Preocupémonos un poco más por lo que somos que en lo que tenemos, hoy…
Mañana es una promesa.
Hansel & Gretel en la ciudad
Casi con la misma angustia de los personajes del famoso cuento, muchos porteños temen no encontrar el camino de vuelta a su casa u oficina. Mientras caminan por la calle, van dejando a su paso envoltorios de galletitas, paquetes de cigarrillos vacíos, boletos de colectivo, y algún que otro papelito que los guíe de vuelta a su lugar de origen. Cinco pasos, un papelito.
En ciertas ocasiones, toqué el hombro de alguna de aquellas personas, para avisarles que habían dejado caer un papel en el piso. Se los devolví. Pero al parecer la vergüenza sólo los ataca cuando se los encara. Miran, se sonrojan, dan media vuelta y siguen su camino.
Un día, en otro gesto de amabilidad, logré juntar del piso una bolsa con envoltorios de fiambre y bandejas de cartón que accidentalmente habían caído del lado del conductor de una ambulancia. Gentilmente le dije: “Tomá, se te cayó esto” y con una sonrisa en la cara, pasé la bolsa dentro del vehículo, apoyándola en el regazo del conductor. No entendí bien por qué no me agradeció, pero como uno no debe hacer las cosas para que se lo retribuyan, continué mi camino hacia ninguna parte.
En la ciudad hay un cesto de basura por esquina. Tirar la basura en la calle cuesta exactamente lo mismo que tirarla en uno de los miles de cestos distribuidos por la ciudad y, aunque no lo crean: ¡es gratis! Pero entiendo que el color anaranjado y tapa negra de los recipientes plásticos es poco visible, y, para colmo de males, ¡están tan fuera de nuestro camino y escondidos!
Cuando se está en un vehículo, el terrible trabajo de deshacerse de los desechos, puede costarnos un poco más de tiempo por el hecho de tener que detenernos, descender del vehículo, encontrar un cesto y decirle adiós a nuestra basura. Pero les comento algo: los automóviles cuentan con ceniceros y, hoy en día, en la mayoría de los lavaderos de autos - además de colgar un hermoso pino de tela con perfume en la palanca del guiño - nos obsequian una pequeña bolsa de residuos, justamente para evitar tirar nuestra mugre en las calles. Puede darse el caso que la basura en cuestión sea demasiado grande para nuestro petit taché de basuré, pero nada tan grande o tan pestilente que no pueda esperar una o dos horas para que lo tiremos en nuestra propia casa. Y si no contamos con esta tecnología de punta… ¡se ensucia el auto! Estamos perdidos. ¡Dios mío!
La falta de respeto al espacio público es una falta de respeto a nosotros mismos. Tomemos a los 3 metros cuadrados que nos rodean en todo momento como el living de nuestra propia casa y disfrutemos todos de una linda y limpia ciudad. Y para aquellos que teman no encontrar el camino a casa si cambian este hábito…ya es hora de que en vez dejar migajas tras sus pasos, dejen de creer en cuentos.
En ciertas ocasiones, toqué el hombro de alguna de aquellas personas, para avisarles que habían dejado caer un papel en el piso. Se los devolví. Pero al parecer la vergüenza sólo los ataca cuando se los encara. Miran, se sonrojan, dan media vuelta y siguen su camino.
Un día, en otro gesto de amabilidad, logré juntar del piso una bolsa con envoltorios de fiambre y bandejas de cartón que accidentalmente habían caído del lado del conductor de una ambulancia. Gentilmente le dije: “Tomá, se te cayó esto” y con una sonrisa en la cara, pasé la bolsa dentro del vehículo, apoyándola en el regazo del conductor. No entendí bien por qué no me agradeció, pero como uno no debe hacer las cosas para que se lo retribuyan, continué mi camino hacia ninguna parte.
En la ciudad hay un cesto de basura por esquina. Tirar la basura en la calle cuesta exactamente lo mismo que tirarla en uno de los miles de cestos distribuidos por la ciudad y, aunque no lo crean: ¡es gratis! Pero entiendo que el color anaranjado y tapa negra de los recipientes plásticos es poco visible, y, para colmo de males, ¡están tan fuera de nuestro camino y escondidos!
Cuando se está en un vehículo, el terrible trabajo de deshacerse de los desechos, puede costarnos un poco más de tiempo por el hecho de tener que detenernos, descender del vehículo, encontrar un cesto y decirle adiós a nuestra basura. Pero les comento algo: los automóviles cuentan con ceniceros y, hoy en día, en la mayoría de los lavaderos de autos - además de colgar un hermoso pino de tela con perfume en la palanca del guiño - nos obsequian una pequeña bolsa de residuos, justamente para evitar tirar nuestra mugre en las calles. Puede darse el caso que la basura en cuestión sea demasiado grande para nuestro petit taché de basuré, pero nada tan grande o tan pestilente que no pueda esperar una o dos horas para que lo tiremos en nuestra propia casa. Y si no contamos con esta tecnología de punta… ¡se ensucia el auto! Estamos perdidos. ¡Dios mío!
La falta de respeto al espacio público es una falta de respeto a nosotros mismos. Tomemos a los 3 metros cuadrados que nos rodean en todo momento como el living de nuestra propia casa y disfrutemos todos de una linda y limpia ciudad. Y para aquellos que teman no encontrar el camino a casa si cambian este hábito…ya es hora de que en vez dejar migajas tras sus pasos, dejen de creer en cuentos.
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