jueves, 5 de junio de 2008

Porteños on the road

Moverse en la ciudad, por más problemático que sea, siempre implica distancias cortas. Raramente el porteño realiza algún viaje que requiera desplazarse más de 50 kilómetros.
Cuando se va de vacaciones, muchas veces da la impresión que estuviera yendo al fin del mundo, a ese lugar en el horizonte en el cual cae el agua de los océanos – porque todos sabemos que la tierra es plana.
Se prepara la familia completa, juntan los bolsos o valijas, y salen a enfrentar lo desconocido. Ropa a granel, el infaltable equipo de mate, un par de CDs para ir variando la música entre los gustos del padre, la madre, y los hijos. Y finalmente, muy temprano, se sale a la ruta.
Los primeros 20 kilómetros transcurren sin mucha pena ni gloria. Los ánimos son buenos, hay cierto relajo en el hecho de estar alejándose de la ciudad. Podría decirse que ya se respira un “aire vacacional”. “¿No están contentos, chicos? ¡Nos vamos de vacaciones!” dice el padre, mientras mira a los hijos por el espejo retrovisor. “Vamos a hacer esto, y esto y esto. También podemos hacer esto y lo otro, y ¿por qué no? ¡Eso también!”. Cómo caen estos comentarios siempre depende de la edad de los “chicos” en cuestión. Los hijos chicos-chicos no le dan mayor importancia, y los adolescentes, tampoco, pero les molesta el hecho de haber tenido que levantarse temprano y encima, “¡viajar con los viejos!”.
Se van sumando kilómetros y las consecuencias empiezan a notarse. Ya no se puede escuchar la radio “de todos los días”. La primera opción es siempre buscar otra radio. Dependiendo del lugar en donde se encuentren, las emisoras pueden ser de folklore, de cumbia, o religiosas. Son esas tres opciones o recurrir a los CDs. El padre toma uno, lo pone en el estéreo y a los 5 minutos se produce la primer debacle del viaje. “¿No podemos escuchar otra cosa?” – dice alguno. Casi nunca los gustos musicales coinciden en un viaje familiar. Si la discusión se prolonga más de lo tolerable, los padres recurren a la decisión salomónica del “Bueno, entonces no escuchamos nada. ¿Todos contentos ahora?”. ¡No, papis! Esa decisión nunca conforma a nadie…pero ayuda a terminar con la discusión.
Kilómetro 150. Ya no se discute por la música. La radio está apagada. El gris del asfalto cedió a los distintos tonos verdosos o amarillentos de los campos, arboledas o pastizales que se suceden infinitamente. Los temas de conversación se van agotando, al punto tal de decir cosas como “Cuánto verde, ¿no?”. Ya no falta mucho para el “¿Cuánto falta, Pa?”. Paciencia.
Más allá de los 500 kilómetros, el ambiente dentro del auto se torna espeso. Empiezan las críticas mutuas entre piloto y copiloto del auto, las discusiones respecto al lugar en dónde almorzar, dos camiones adelante del auto y una curva detrás de la otra. Un auto que viene desde atrás se mete entre nosotros y el primer camión. La bocina que tocan. La cara de indignación. El grito no muy fuerte, pero desencajado de “¡MIRÁ A ESTE TIPO! ¿A DONDE VAS?”. Señal de luces y el humor que va cayendo en picada, inversamente proporcional al cansancio que ya se hace notar.
Por suerte pronto llegan a destino, pero las vacaciones recién comienzan…

Luego de bajar las valijas, bolsos y demás petates del auto, finalemente podemos decir que el porteño “llega de vacaciones”.
Este desembarco a destino no implica mayores cambios en los hábitos citadinos. Por ejemplo, se llega a un pueblo alrededor de las 22. Después de que se baña toda la familia, se ponen pitucones para salir a cenar afuera. “Vamos a cualquier lugar, total, mañana vamos a poder recorrer un poco más y ver otros lugares para ir a cenar o almorzar”, dice el padre. Salen caminando e ingresan al primer lugar que ven. Un restaurant de pueblo sin mucha gloria, sin tenedores de la guía Michelín, no hay Metre ni somelier. Pero esto no esproblema, vinieron a comer “comida regional”. El proteño siempre va a intentar jugarla de local en tierra foránea, pero pocas veces lo logra. Casi nunca piden algún plato típico del lugar, porque les resulta, lisa y llanamente, repugnante. “Milanesas de carpincho con ensalada” … ¿quién puede comer eso? Ven pasar un flan casero hacia otra mesa y se preguntan si el lugar habrá pasado los controles de bromatología municipales – si los hubiere. Cubiertos con mangos de plástico de distincos colores. Platos de vidrio Durex vasos todos iguales, independientemente de para qué se los use. Uno de los chicos quiere pedir la milanesa de carpincho, pero con puré de papas, “para probar”. Los padres fruncen el ceño, tratando de persuadir al joven o jóvena que lo haya pedido. No tienen éxito.
Mientras esperan a que llegue la comida, pispean los rollitos de manteca que vinieron en un potecito de metal con agua, un poco de pan de ayer y unos grisines que denotan humedad ambiente. A pesar de todo, untan el pan con la manteca, nada más que ¡porque tienen hambre!
Llegan los platos y empiezan a comer. Todos los comensales miran el plato con la milanesa de carpincho, esperando quizás que no sea una milanesa, sino la suela de alguna alpargata o zapato hecho con el cuero de ese animal. Se pincha la milanesa. “No gritó, buen signo”. Se corta la milanesa. “mmm”. Se mete un bocado en la boca y se mastica. “Bué…no está tan mal. Tiene gusto al olor de transpiración”. Todos prueban un poquito como para confirmar que lo que se ha dicho hasta el momento es cierto. Y así es.
Después de haber terminado de cenar, de haber comido postre, piden la cuenta. En ese tiempo laxo de necesidades satisfechas comienzan a preguntarse si hicieron bien en comer ahí. Se empiezan a fijar en las manos del mozo que les trajo los platos, en cómo cuando lleva la comida el dedo gordo se mete adentro de la comida; se fijan en que el cocinero no tiene ningún gorro que evite que los pelos y la transpiración caigan accidentalmente en la comida. Recién ahí, comienzan a fijarse en todas esas cosas que no habían notado antes por el cansancio y el hambre. Se retiran, con bastantes dudas respecto a si van a sobrevivir esa noche o si tendrán que correr al hospital local (¡Hospital local, por dios! ¡No hay una clínica cerca!) por la indigestión de alguno.
Llegan al hotel y se van a dormir. Se apagan las luces. Cada uno en la soledad de su almohada, y con la sugestión propia del que comió fuera de su casa y de su ciudad, empiezan a sentir distintos tipos de molestias inventadas. A pesar de esto, nadie dice nada.
A la mañana siguiente todos se sorprenden de seguir con vida. Se aprestan a desayunar y salir a hacer alguna caminata por algún bosque o cerro. Una vez más se suben al auto y luego de un corto periplo, llegan al inicio del camino que los llevará hacia el corazón de la naturaleza.
La preparación para esta nueva aventura no es menor. Se llevan una brújula, mapas, localizador satelital, linterna, espejos, ropa de abrigo, agua como para hacer crecer el nivel de un lago en un metro, calzado especializado, lentes, protector solar, fósforos, navaja de sobrevivencia y algún que otro libro explicando la flora y fauna de la zona. Infaltables son las cámaras de fotos y los teléfonos celulares. “Hay que estar preparados para lo peor”, se excusan.
Comienza la caminata. Poco a poco nuestros aventureros avanzan en el sendero muy bien demarcado. Lo que era un camino ancho y abierto, se convierte en uno angosto y cada vez con mayor vegetación. Se mueven en una sola fila, siempre por el camino marcado. Aventurarse tan solo un metro fuera de él, sería poner en riesgo la vida misma y la integridad del clan. Se oyen distintos tipos de pájaros cantando, el ruido del viento atravesando las ramas de los árboles. Poco a poco se escucha más el silencio que cualquier otra cosa. El sudor empieza a brotar de los poros de nuestros cansados exploradores. Se detienen por un minuto a recuperar el aire, beber un poco de agua y comer alguna galletita o fruta. Mientras admiran el espectáculo alrededor suyo a alguien – generalmente a alguno de los padres – se les escapa un “Qué hermoso, ¿eh?”. Tiran su mugre a un costado (envoltorios de plástico incluidos). Continúan caminando y a pocos metros más adelante se topan con el primer inconveniente: un furioso río corta su camino. Bueno...”furioso río”, no. ¿Podemos decir una “vertiente enojada”? Lo peor del caso es que no estaba indicado en el mapa.Con la mirada desencajada, el padre revisa una vez más la cartografía. Prende el GPS y busca algún indicio de puente para cruzarlo. No encuentra nada. Mira a su alrededor y con un papel y lápiz (que también habían llevado), se pone a hacer cálculos para construir un puente con las maderas circundantes, capaz de soportar el peso del más pesado del grupo: él.
Mientras tanto, uno de los purretes se atreve a hacer algo impensable: cruzar a pie el obstáculo. “¡Mirá, Pa! ¡Lo podemos cruzar caminando, no es muy profundo!”. El clan se aproxima para ver de cerca el suceso, mientras la madre pega un grito desgarrador diciendo: “Pero te estás mojando las zapatillas y el pantalón! ¿Quién saca esa mugre de la ropa después? ¡Te vas a enfermar andando mojada(o)!”. Una mezcla de desesperación y júbilo se apodera de ellos. Después de que el más valiente hubiere cruzado, el resto se anima a cruzar, extremando la cautela. En definitiva, cruzar esa vertiente era como caminar en una bañadera: cualquiera corría el riesgo de resbalarse y morir desnucado.
Continúan el ascenso y los pensamientos se funden con recuerdos de programas como “Sobreviví”, “A prueba de todo” y la película “Viven”. Ya no pueden caminar más y el camino hacia la cima se pierde en el bosque. Les duelen los abductores, los cuádriceps, las pantorrillas. Sólo han avanzado 500 metros y han caminado, como mucho, una hora y media. Empiezan a colarse ideas respecto a qué sucedería si la noche los toma por sorpresa en ese paraje inhóspito, bestial y salvaje. No les queda más remedio que seguir adelante para encontrar un sesgo de civilización. El paisaje ya no es “tan hermoso”, es “mas de lo mismo”. No tienen señal en ninguno de los celulares que llevan. Se cansaron ya de tomar fotos. Y, para colmo de males, no se han cruzado con ningún ser humano en todo el trayecto. En un momento se vé, a lo lejos, una casita. “¡BINGO! ¡El refugio!”. Apuran el paso y está ahí, ya no falta nada. Solo unos metros más. Empiezan a correr, sin darse cuenta que la inclinación del terreno transforma un metro en cuatro, aumentando proporcionalmente su cansancio. Las mochilas ya pesan. El aire les pesa.
Se escucha un ruido que viene desde atrás de ellos pero no le dan importancia. Se aproxima el ruido: son pasos. Pasos que se suceden rápidamente. Se empiezan a distinguir voces. De pronto, un grupo de cuatro pibes les pasan por el costado, como si hubieran caído en paracaídas en ese punto del trayecto. Ninguno tiene mochila, ni agua, ni brújula, ni gorritos para el sol, ni teléfono celular, ni cámara de fotos, ni navaja de mil usos, ni ropa de abrigo. Solo llevan puestos una remera, un pantalón corto y un par de zapatillas.
Al líder del grupo de jóvenes se le escucha gritar: “¡Vamos 15 minutos, tenemos que llegar antes de los 20! ¡VAMOS!”. Aceleran el paso y se pierden en el sendero.
Nuestro grupo de boy scouts se ve envuelto en una nube de polvo. Los corredores se llevaron consigo el sentido de aventura y la moral de nuestros porteños gone wild. Se aproximan al tan anhelado refugio. Trepan los últimos metros de la salida del sendero con los restos de dignidad que les queda y con cara de “aca no ha pasado nada” caminan (ahora sí) erguidos y orgullosos hasta las mesas colocadas en una especie de galería.
Se oye el ruido de un automóvil y, para su sorpresa, ven como un grupo de gente llega sin transpirar ni una sola gota, sin sufrir ningún percance, sin ningún dolor al mismo lugar que ellos. “La naturaleza no tiene piedad ni sentido de justicia” se le escucha balbucear al padre…

Ñoquis

Acá le decimos ñoqui a alguien que no hace nada o que solamente hace algo ante los ojos de los demás cada tanto, como para que – justamente - no digan que no hace nada.
Hubo varios casos que salieron las noticias. Uno de los últimos fue el de los que había en la administración de la Ciudad apenas asumió el nuevo gobierno. Me imagino que en cada administración municipal, provincial y nacional tendrá su cuota de estos personajes.
Sin embargo, a todos (de capital, de la provincia, del interior y, por qué no, del mundo) se nos han escapado por lo menos cuatro ñoquis de una fama descomunal a los cuales no se les hace cuestionamiento alguno.
¿Qué estará haciendo Papá Noel hoy? El tipo labura un día al año, solamente porque todos sabemos que tiene que venir, como aquel ñoqui que “aparece” en la oficina el día que sabe que va a haber una inspección. Dudo muchísimo que Papá Noel esté en estos momentos haciendo estadísticas respecto a la evolución de las buenas y malas acciones de cada persona a lo largo de los años. Nunca vi en ninguna navidad una advertencia de Santa en el tono de: “ ¡Hey! Tus buenas acciones solamente muestran un incremento del 1,75% interanual y respecto a la misma fecha del mes anterior, has bajado un 0,45%. Tu hermano Juan tuvo una mejora interanual del 25%, por eso a vos te traje el par de medias y a él el autito a control remoto”. ¿Qué hace Papá Noel fuera de esos dos (como mucho) días que trabaja? ¿Cómo le da sustento a su hogar? ¿Con qué les paga a los enanitos que lo ayudan?
Si Papá Noel es el único que trabaja en la casa, vive en el polo norte, en una casa llena de luz y gigante, tiene (por lo menos) seis renos, no sé cuántos enanos (¿serán sus hijos? Eso explicaría qué hace con tanto tiempo libre), los reyes magos, sin hijos ni enanos, con solamente tres camellos…deben llevar una vida de lujos. Encima de todo, ¡son solteros y son Reyes! Dónde residen los reyes magos, también es un misterio. Algunas personas dicen que viven en Europa, África o Asia. Teniendo en cuenta las características fisonómicas de cada uno, podemos llegar a asumir que dos sean europeos y uno de África pero, ¿un rey mago Asiático? No, sinceramente no me lo imagino. Sean de donde sean, su vida debe ser mucho más fácil que la del pobre Papá Noel, que vive constantemente con temperaturas bajo cero (lo cual hace que me pregunte nuevamente si los enanitos no serán sus hijos). Si a alguno de Ustedes se les ocurre qué pueden llegar a estar haciendo estos cuatro personajes el resto del año, espero sus comentarios en el Blog

jueves, 6 de marzo de 2008

San Valentín: El parto de los tímidos

Comenzando el mes de febrero empiezan a aparecer cartelitos y publicidades varias respecto a esta fecha tan “especial”. El día de los enamorados se aproxima. Promociones varias de viajes, de cenas, de bares, de eventos, espectáculos y salidas a granel. Todo es dulzura, cupido y corazones. El dos por uno no presidiario – o sí, dependiendo de la situación de la pareja en cuestión.

Si es un día de plástico inventado por el marketing, importado de otras latitudes, si san Valentín fue santo o no, queda fuera de todo cuestionamiento. Solo o en pareja, corresponde enviar un par de tarjetas virtuales (las de papel y escritas a mano las mandan solamente aquellos que están en los primeros meses de noviazgo), escribir en el nick del MSN “Felíz día de San Valentín!” – con varios signos de admiración y alguna que otra carita sonriente, un corazón, una estrella, un sol. Los buenos días ya no son “¡Buenos días!” sino, “¡Feliz día!” (con caritas acorde).

Flores. Flores por todos lados. Uno sale a la calle y da la impresión de encontrarse en el medio de la selva amazónica. Uno, dos, tres puestos de flores en una cuadra. Algunos nacieron del asfalto mismo, no estaban ahí escasas horas atrás. Pero si uno tuviera la loca idea de comprar un ramo – después de mucho pensar – todas esas maravillosas flores desaparecieron y solamente nos queda elegir entre los ramos malos y los menos peores.

También, el 14 de febrero es un día de parto para aquellos que guardan en secreto ese amor hacia esa persona en lo más profundo de su ser. No fueron capaces de demostrarlo abiertamente durante los 364 días anteriores, pero no pueden dejar pasar un día más sin dar alguna señal y mucho menos este día. Entonces se rebanan los sesos buscando cualquier excusa, pensando el mejor momento del día para hacer la gran jugada. “Ok, tranquilidad ante todo. ¿Bombones? No, demasiado…y engordan. ¿Tarjeta? No me alcanzaría una tarjeta de doscientas páginas para escribir lo que siento por vos. ¿Flores? No, es muy común. Además, ¿cuáles le gustan? ¡Ahá, lo tengo! ¡La invito a tomar algo después de salir de la oficina! ¡Cómo no se me ocurrió antes! Pero, si la invito a tomar algo va a pensar que soy un tacaño, que no soy capaz de gastarme una cena en ella. ¿Y si la invito a cenar? Podría resultarle intimidante. Claro, imagináte…así de la nada, una cena romántica y yo hablándole cuatro horas acerca de lo maravillosa que es, contándole que estoy enamorado de ella desde el día que nació, aunque no la conociera. Es un poco fuerte. ¡uy, ahí viene!” Ya le transpiran las manos, siente que la voz se le va a quebrar, que no va a emitir sonido. La mira y le dice un “Hola” (así de chiquito), . Justo la impresora de matriz de puntos empezó a imprimir y ella no escuchó nada. En eso, entra en escena otro compañero de trabajo esquivando a nuestro “ente pensante”, se acerca a ella sonriente: “Hola, ¿cómo estás? ¿Tenés algo que hacer después del laburo…?” (así de grande). Y el otro gritando para dentro de sí “¡Caradura!¿Adelante mío le preguntás eso?¡Sí, tiene que hacer! ¡Va a a cenar conmigo, papafrita!” Mientras, el adelantado sin esperar respuesta, sigue “…porque si tenías ganas, conozco un lugar acá cerca que hay un barman de Sierra Leona que hace unos tragos con patas de rana y alquitrán que te hacen desear nunca haber nacido” (lo que diga es totalmente irrelevante para el otro). Al tímido se le inyectan los ojos en sangre, el corazón le late a 240 pulsaciones por minuto y siente una furia que se apodera de su interior, amenazando con estallar. Maldice a ese compañero, su determinación, su pelo de galán, la ropa impecable. ¡Le envidia hasta lo blanco de los ojos! Sigue gritando para adentro “¡Mal nacido! ¡Hijo e’ tu madre! ¡Me robaste la idea, confesálo! Sabías que yo la iba a invitar, ¡LO SABÍAS!”. Ella sonríe – con esa sonrisa que solamente las mujeres pueden dibujar en su cara, mezcla de niña y femme fatale – y acepta.

Entonces, el adelantado nota la presencia de el otro y lo saluda “Hey, nene, ¿todo bien?”. El otro indignado – pero no queriendo demostrarlo – responde al saludo con una sonrisa dibujada por una persona con mal de Parkinson “Bi-bi-bi-bien, bien, todo bien. Disculpáme, me tengo que ir”. Y sale caminando rápido y nervioso (no es alusión a película alguna, pero podría decirse que de sus zapatos salía humo). Mientras se aleja por el pasillo se dice: ”Al final era una arrastrada…al primero que vino le dio la sonrisita y le dijo que sí. Y ¿qué me importa? Hoy hay una maratón de la primer temporada de Lassie…Sí, mejor que no le dije nada, no tenía muchas ganas igual. Además, hay un ‘San Algo’ todos los días y ahora que me acuerdo… ¡soy musulmán!”.

jueves, 14 de febrero de 2008

Música

La música me envuelve y me lleva de viaje, hacia lugares que no conozco y que existen solamente en mi cabeza. Pensamientos de otra persona se mezclan con los míos, regando un jardín de sentimientos. Amanece y anochece al mismo tiempo y no me resulta extraño. Y me encuentro y me pierdo. Más palabras, más notas. El pasado que viene en olas, y un océano de posibilidades que encierra el futuro, incierto, difuso. La forma de una mujer que se dibuja en mi mente, iluminado de luna, lleno de noches sin dormir, de respiración agitada, de caricias sobre la espalda, de abrazos tiernos y fuertes, de besos hormiga, de cansancio que no importa, del tiempo roto.
Caracoles en la playa de mi imaginación, pequeños recuerdos que juntos hacen mi vida; mi primer beso - el río y el viento…los nervios. Primer amor, la primera vez que sentí un temblor en todo el cuerpo, viniendo desde adentro; todas aquellas primeras cosas mágicas que viví, todo el néctar que pude sacar de la vida hasta ahora; todas aquellas cosas perdidas y ganadas, los no y los sí, las dudas, los miedos, los cafés, los mates, las cervezas, las miradas, los gestos, los movimientos, las lágrimas de risa, las otras, las conexiones, las malas comunicaciones, las malas notas y la buena música. El corazón que se hace grande, que late fuerte, que no descansa, que no se achica, que se hace esponja y absorbe todo cuanto escucho, veo, siento y sienten los que están alrededor mío, los que conozco, los que me cruzo. Y lo guardo y aprendo y lo comparto en palabras, en ideas, en más música que retroalimentará el corazón, la cabeza y la imaginación de otros, sin importar lo que yo hable, piense o sienta.

martes, 29 de enero de 2008

32

Hay momentos en los cuales no queda nada que decir, ya todo lo pensado está hecho, escrito, plasmado de alguna manera.

Por algun motivo, el transcurrir de los días se ha transformado en algo placentero. No hay nubes en el horizonte, no hay cosas urgentes por las cuales correr, ni deseos imperiosos que satisfacer. No hay desesperación ni angustia; no hay mal humor. Todo parece haber alcanzado una suerte de balance, de equilibrio. Me permito pensar, me permito sentir, sin estar atormentado. Y me pregunto si esto es ser, si la suma de mis decisiones tomadas ayer son la causante de haber podido llegar a este momento.

Quizás esté llegando a ser; quizás esté llegando a mi; quizás esté aceptando lo que me ofrece la vida dia a dia sin darle mucha batalla. Quizás esté aceptando que la vida y cosas de la vida tienen los vericuetos que yo decido crear en ellos, que soy yo el que enreda y desenreda las cosas que me suceden.

Quizás simplemente haya comprendido los beneficios de dar, de brindarme, de abrirme un poco más, de escuchar, de intentar de entender...sin buscar, sin querer nada a cambio. Quizás haya comprendido que este tipo de cosas son las que me enriquecen y endulzan la vida.