“She whispers what will we do of time?”
Qué importa más, ¿el tiempo transcurrido o el valor de las cosas vividas?
Desde hace algún tiempo (paradójicamente – ¡tiempo!), consciente o inconscientemente me hago esta pregunta.
Cambios repentinos y no tan repentinos de dirección, de parecer, de pensar y de sentir. Las consecuencias de esos cambios; heridas que se abren en un lado mientras se cierran en otros al mismo tiempo. Esperanza, desilusión, música, silencio y palabras, muchas palabras que salen a borbotones de mi boca, de mi cabeza, difíciles de ordenar. Una barrita de progreso que se desplaza de un lado hacia el otro, angustia, satisfacción y placer y una bifurcación de caminos. No tomo ninguno de los dos e invento otro nuevo, que no figura en el mapa.
¿Cuánto importa el tiempo?, me pregunto. Nada, me respondo. Sin embargo el tiempo es lo que socaba mi espíritu en ciertas ocasiones. Por mi impaciencia, por mi ansiedad innata. Quizás tengan que ver con lo finito de la vida, con el hecho de que sé que mi tiempo es breve, brevísimo, fugaz. Es por esta falta de tiempo que considero que debo aprovechar cada minuto que respiro, cada sensación, cada momento compartido o en solitario. Sacarle el jugo al tiempo, a las cosas vividas. Ahora...si no existiera el tiempo o si el tiempo que tuviera lo supiera largo, inagotable, no me preocuparía, quizás, en aprovechar cada momento.
Sentir es estar vivo. Sentir todas y cada una de las cosas, desde lo más bonito hasta lo más feito. Sentir en sí no tiene tiempo. Creo que a veces decidimos anclar en un sentir. Nos quedamos en el sentir, pero nunca en el tiempo. El tiempo sigue transcurriendo, mientras que el sentir crece o disminuye. La cantidad de tiempo no tiene nada que ver con el sentir, pero a más tiempo en un sentir, más cosas sentidas y vividas, más chances para que la melancolía meta su cuña cada tanto.
Sentir tiene valor per se. El tiempo no. El valor del tiempo depende de qué uso hagamos de él. Sentir se alimenta de sentir...El tiempo, además de implacable, imperdonable y todos los “im” que se les ocurra...es inerte.
Una mirada torcida sobre las cosas que pasan...y las que no.
viernes, 1 de enero de 2010
miércoles, 14 de octubre de 2009
Madre Nuestra - Oración para solteros
Madre nuestra que estás en tu casa,
Centrifugada sea la ropa;
Venga a nosotros la ropa planchada;
Hágase el orden y la limpieza,
en el cuarto y en el living;
Danos hoy la comida casera de cada día;
Perdona nuestros platos sucios de una semana,
asi como nosotros perdonamos a los que los ensucian;
No nos dejes caer en la hediondez,
y líbranos de los quehaceres domésticos
Amén…de nosotros.
Centrifugada sea la ropa;
Venga a nosotros la ropa planchada;
Hágase el orden y la limpieza,
en el cuarto y en el living;
Danos hoy la comida casera de cada día;
Perdona nuestros platos sucios de una semana,
asi como nosotros perdonamos a los que los ensucian;
No nos dejes caer en la hediondez,
y líbranos de los quehaceres domésticos
Amén…de nosotros.
martes, 10 de marzo de 2009
Las Obras del Domingo
No hay día más pachorriento que un domingo. El domingo cuesta levantarse, cuesta lavarse la cara, cuesta preparar el desayuno – aunque sea unos mates, como en mi caso – cuesta hasta respirar…y eso que hasta ahí, estoy hablando de la mañana. Puede haber algunos planes para el día muy tentadores, pero arrancar…cuesta. A veces no puedo despertarme antes de las 11…y a veces no puedo despertarme después de las 8 de la mañana. Independientemente de la hora en la cual me levante, durante cada segundo del día, me acompaña la idea volátil y esquiva de volver a la cama.
Cuando finalmente me levanto y me voy afuera a darme mi primer dosis de cáncer de pulmón del día, observo a algunos vecinos que ya están cortando el pasto, podando alguna que otra planta, sacando yuyos, lavando el auto, baldeando la vereda, etc. Sinceramente los admiro. No solamente por el acto heroico de hacer algo…los admiro desde lejos, con las crenchas revueltas, camiseta y los ojos achinados por taaaanta luz (esa cosa conocida como ‘sol’), por una cuestión de generosidad vecinal…cualquiera que me cruce a esa hora y en ese estado, podría pensarse que el Yeti había cambiado sus hábitos de vida y buscaba climas más templados. No quiero asustar a nadie….y tampoco quiero que me saquen fotos que puedan aparecer en la revista “Muy interesante” bajo el título ‘El hombre de las nieves ahora vive en una quinta con pileta’.
Vuelvo a entrar al rancho, con muchas ganas de hacer nada. Pero ya me está picando el bagre, tengo hambre y lamentablemente un asado, una milanesa a la napolitana con fritas provenzal no crecen en ningún árbol – o por lo menos en los míos; tampoco puedo comprar en el super “comida espacial”, de esa que uno le echa una gota de agua y se materializa un plato completo de comida – con vaso y todo. ¿Qué hago? Nada…sigamos con el mate, ¡si el mate tiene un montón de propiedades alimenticias!
Tres de la tarde. Ya no me pica el bagre. ¡Me pica una anguila del tamaño de un elefante! Rescato unos bizcochos húmedos que iba a tirar a la basura…estaban pare el descarte, pero eso había sido dos o tres días atrás, en un momento en el cual no tenía hambre. Con mate, bizcochos y alguna que otra galletita tiro hasta la tardecita - noche.
A veces no tengo nada para cocinarme, porque me da fiaca hacer las compras y otras veces, hay comida, pero hay que recalentarla, o hacer alguna especie de magia para convertir en otra cosa la comida que vengo comiendo hace dos o tres días - nada más que porque sobró, porque cociné de más. Y ahí me acuerdo de mi vieja. Me imagino que todas las madres tienen esa habilidad de agarrar la comida que sobró y que viene sobrando de la semana y transformarlo en un plato completamente distinto. No es que le cambien la pinta, la presentación. No, de ninguna manera. Sus habilidades trascienden la estética: además de cambiarle la cara a esa misma comida que hace una semana está esperando su segundo momento de gloria en la heladera, a veces hasta la hacen parecer más rico. No nos engañemos: el domingo es el día de la pachorra, nadie tiene ganas de hacer nada. Ya lo dijo dios después de crear al mundo en 7 días: “Hoy no tengo ganas de hacer nada. Tengo fiaca” y no fue casual que eso lo dijera un Domingo.
Me acuerdo un domingo a la noche que le pregunté a mi vieja qué había de comer. “Menezunda”, me dijo. No sabía qué era la menezunda, ni qué tenía pero tampoco averigüé demasiado – mientras hubiera algo para comer, no importaba.
Llegó la hora de cenar. “A comeeeeerrrrr”, gritó mi vieja (con ese tono especial que tienen todas las madres a la hora de llamar a comer, que se escucha estés donde estés). Piyama de invierno puesto, bañadito, perfumadito, y arrastrando las pantuflas fui hasta la mesa y me senté a esperar que sirviera la menezunda. Me sirve el plato de comida y miro. Había: un pedazo de carne y un juguito oscuro como si fuera el jugo de la carne con el jugo de las verduras. Tenía algunos granos de choclo, zanahoria, algún que otro pedazo de papa, chauchas, cebolla. Agarro el tenedor y pruebo un bocado. ¡Estaba rico! Como un poco del juguito con un pedazo de pan y pinché los pedazos de zanahoria, las papas. ¡Impresionante! Ahí comenzó a surgirme la curiosidad. ¿Qué era la menezunda? ¿De dónde había sacado la receta? ¿Era difícil de hacer?
Todas estas preguntas se las hice a mi vieja, una detrás de otra y me quedé expectante esperando su respuesta. Esperaba algo como “...la saqué de un libro de comida africana. Esta comida la hacía una tribu de Zaire con los vegetales y tubérculos que podían cultivar, debido a la aridez de la zona en la cual habitaban. No le ponían necesariamente carne de vaca. A veces era pollo o alguna otra ave autóctona…”. Pero no. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente:” ¿Te acordás que el miércoles comimos bife con choclo y zanahoria hervida? ¿y que el jueves papá hizo asado y había ensalada de chauchas? Agarré unas zanahorias, las doré en aceite y mezclé todo”. “Pero, ¿y el juguito este, tan rico?”, pregunté tratando de esconder mi desilusión por la explicación. “Y el nombre, ¿de dónde salió?”. “El juguito lo hice rehogando las cebollas con el resto de las cosas, le eché un poquito de agua y un caldito. Y el nombre…lo inventé”. Las últimas dos palabras quedaron rebotando en mi cabeza, vacía de ideas: “Lo inventé”. Después de que me recuperé del shock, pensaba “Las madres saben más de física y química que cualquier científico del CONICET o la NASA”
Cuando finalmente me levanto y me voy afuera a darme mi primer dosis de cáncer de pulmón del día, observo a algunos vecinos que ya están cortando el pasto, podando alguna que otra planta, sacando yuyos, lavando el auto, baldeando la vereda, etc. Sinceramente los admiro. No solamente por el acto heroico de hacer algo…los admiro desde lejos, con las crenchas revueltas, camiseta y los ojos achinados por taaaanta luz (esa cosa conocida como ‘sol’), por una cuestión de generosidad vecinal…cualquiera que me cruce a esa hora y en ese estado, podría pensarse que el Yeti había cambiado sus hábitos de vida y buscaba climas más templados. No quiero asustar a nadie….y tampoco quiero que me saquen fotos que puedan aparecer en la revista “Muy interesante” bajo el título ‘El hombre de las nieves ahora vive en una quinta con pileta’.
Vuelvo a entrar al rancho, con muchas ganas de hacer nada. Pero ya me está picando el bagre, tengo hambre y lamentablemente un asado, una milanesa a la napolitana con fritas provenzal no crecen en ningún árbol – o por lo menos en los míos; tampoco puedo comprar en el super “comida espacial”, de esa que uno le echa una gota de agua y se materializa un plato completo de comida – con vaso y todo. ¿Qué hago? Nada…sigamos con el mate, ¡si el mate tiene un montón de propiedades alimenticias!
Tres de la tarde. Ya no me pica el bagre. ¡Me pica una anguila del tamaño de un elefante! Rescato unos bizcochos húmedos que iba a tirar a la basura…estaban pare el descarte, pero eso había sido dos o tres días atrás, en un momento en el cual no tenía hambre. Con mate, bizcochos y alguna que otra galletita tiro hasta la tardecita - noche.
A veces no tengo nada para cocinarme, porque me da fiaca hacer las compras y otras veces, hay comida, pero hay que recalentarla, o hacer alguna especie de magia para convertir en otra cosa la comida que vengo comiendo hace dos o tres días - nada más que porque sobró, porque cociné de más. Y ahí me acuerdo de mi vieja. Me imagino que todas las madres tienen esa habilidad de agarrar la comida que sobró y que viene sobrando de la semana y transformarlo en un plato completamente distinto. No es que le cambien la pinta, la presentación. No, de ninguna manera. Sus habilidades trascienden la estética: además de cambiarle la cara a esa misma comida que hace una semana está esperando su segundo momento de gloria en la heladera, a veces hasta la hacen parecer más rico. No nos engañemos: el domingo es el día de la pachorra, nadie tiene ganas de hacer nada. Ya lo dijo dios después de crear al mundo en 7 días: “Hoy no tengo ganas de hacer nada. Tengo fiaca” y no fue casual que eso lo dijera un Domingo.
Me acuerdo un domingo a la noche que le pregunté a mi vieja qué había de comer. “Menezunda”, me dijo. No sabía qué era la menezunda, ni qué tenía pero tampoco averigüé demasiado – mientras hubiera algo para comer, no importaba.
Llegó la hora de cenar. “A comeeeeerrrrr”, gritó mi vieja (con ese tono especial que tienen todas las madres a la hora de llamar a comer, que se escucha estés donde estés). Piyama de invierno puesto, bañadito, perfumadito, y arrastrando las pantuflas fui hasta la mesa y me senté a esperar que sirviera la menezunda. Me sirve el plato de comida y miro. Había: un pedazo de carne y un juguito oscuro como si fuera el jugo de la carne con el jugo de las verduras. Tenía algunos granos de choclo, zanahoria, algún que otro pedazo de papa, chauchas, cebolla. Agarro el tenedor y pruebo un bocado. ¡Estaba rico! Como un poco del juguito con un pedazo de pan y pinché los pedazos de zanahoria, las papas. ¡Impresionante! Ahí comenzó a surgirme la curiosidad. ¿Qué era la menezunda? ¿De dónde había sacado la receta? ¿Era difícil de hacer?
Todas estas preguntas se las hice a mi vieja, una detrás de otra y me quedé expectante esperando su respuesta. Esperaba algo como “...la saqué de un libro de comida africana. Esta comida la hacía una tribu de Zaire con los vegetales y tubérculos que podían cultivar, debido a la aridez de la zona en la cual habitaban. No le ponían necesariamente carne de vaca. A veces era pollo o alguna otra ave autóctona…”. Pero no. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente:” ¿Te acordás que el miércoles comimos bife con choclo y zanahoria hervida? ¿y que el jueves papá hizo asado y había ensalada de chauchas? Agarré unas zanahorias, las doré en aceite y mezclé todo”. “Pero, ¿y el juguito este, tan rico?”, pregunté tratando de esconder mi desilusión por la explicación. “Y el nombre, ¿de dónde salió?”. “El juguito lo hice rehogando las cebollas con el resto de las cosas, le eché un poquito de agua y un caldito. Y el nombre…lo inventé”. Las últimas dos palabras quedaron rebotando en mi cabeza, vacía de ideas: “Lo inventé”. Después de que me recuperé del shock, pensaba “Las madres saben más de física y química que cualquier científico del CONICET o la NASA”
lunes, 29 de diciembre de 2008
El Clima
Y la ciencia no exacta detrás de él.
Pocas veces en la historia del mundo (sí, quizás esté exagerando un poco) se ha equivocado tanto y tantas veces el pronóstico del tiempo como en los últimos veinte días.
No sé Ustedes, pero soy un enfermito de fijarme a cada rato las actualizaciones del clima de la página del Servicio Meteorológico Nacional. No interesa si tengo algún plan o no que se pueda ver afectado por lluvia, sol, granizo, vientos fuertes, torbellinos, huracanes, ceniza volcánica, etc., etc. Miro el pronóstico con la misma fe con la cual leo el horóscopo todos los domingos. Pocas veces les creo, pero ante la duda prefiero saber si van a caer sapos del cielo o qué secretos guardan los astros para la semana que comienza.
Todos sabemos que pronosticar el tiempo no es nada fácil. Científicos con aparatos complejos estudian los movimientos de los vientos, las nubes, las masas de aire frio o cálido que se aproximan y transitan en nuestro gran cielo argentino. Cálculos matemáticos más complejos que los aparatos, ábacos informatizados que pueden sacar la raíz cuadrada hasta de un gallego. Impresionante.
Hace poco, se pronosticó casi casi el diluvio universal. Después de algunos meses de sequía, los dibujos animados de la página del SMN mostraban sólo nubes con rayos, gotitas de lluvia cayendo por doquier. Se advertían vientos fuertes del sud-este, rotando hacia el sud-oeste y la posibilidad de granizo.
No sé si habrán notado que, hasta hace no mucho tiempo el granizo casi ni existía o importaba muy poco. Pero, ¿qué pasó que ahora es tan importante? Algunos años atrás, cayó granizo del tamaño de Júpiter y nosotros, pobres ciudadanos desprevenidos, sufrimos las consecuencias no sólo en la carne, sino en la chapa de nuestros autos que circulaban o estaban estacionados a la intemperie. Después de este desafortunado acontecimiento, millones de personas comenzaron a enviar cartas y hacer manifestaciones, preguntando por qué el Servicio Meteorológino Nacional no les había avisado que semejante tragedia iba a ocurrir. A partir de ese día, se agregó la línea “probabilidad de granizo” en el pronóstico de todos los días, en todas las ciudades del país, inclusive aquellas en las cuales la posibilidad de que caiga granizo es tan alta como que Maradona vuelva a la selección (¡Ah!, ¿ya volvió?).
Estaba rogando que lloviera. El pasto estaba amarillo; mis azaleas estaban deprimidas por demás (esto es: hojitas cabizbajas, ramitas en forma de “U” invertida y una mirada triste, tristísima). “¿Riego? ¡No! Si hoy llueve y mañana también. Si llueve pasado mañana, será mejor que vacíe la pileta, la pinte y la lluvia todo poderosa se encargará de llenarla”, pensé. A medida que avanzaba el día previo al de la supuesta lluvia, el cielo se había tornado gris, empezaron a soplar ráfagas de viento. Hacia la noche de ese mismo día, no se veía una estrella. Estaba todo listo y me fui a dormir tranquilo, con una sonrisa en la cara pensando que por lo que decía el pronóstico, por las condiciones meteorológicas y porque veía a las hormigas corriendo de un lado al otro enloquecidas, al día siguiente, la bendición de la lluvia caería sobre mi mini desierto de naturaleza en terapia intensiva y muchas ganas de vivir.
La mañana siguiente me desperté a las seis. Puse el agua para los mates con cara de dormido y, como suricato saliendo de su madriguera, corrí las cortinas despacio. Los pájaros cantaban contentos. Me los imaginaba con una barra de jabón en un ala, pasándosela por debajo de la otra, dándose la ducha de su vida. Imaginaba una bandada de garzas chiflonas hurgando el suelo en busca de bichitos, dándose un festín digno de reyes. Imaginé hasta una ballena –que había llegado quién sabe cómo– sentada en los escalones de la pileta, pidiendo algún pescado, como si fuera un perro esperando su ración de comida matinal.
Cuando pude ver hacia afuera, todo se mantenía igual. Las azaleas me miraban como preguntándome “¿Y el agua, macho?”. Pensé que ya había llovido, por lo cual salí a comprobarlo. El pasto, como en un acto de protesta, se había retirado casi por completo, dejando a la vista un cacho de tierra mugrienta y seca; era una escena de pueblo fantasma del far west, pero sin el cardo que pasaba rodando…espero dos minutos y…pasó el cardo, mientras que las puertas del Saloon se movían en vaivén por el viento, que no había cesado. El cielo estaba límpido y celeste. Temperatura: 27ºC. Humedad: 25%. Y eran sólo las seis y cuarto de la mañana.
Volví adentro y me fijé de nuevo en la página del Servicio Meteorológico Nacional. ¡Eran todos soles para los próximos cinco días, ni granizo anunciado había! ¡Alguien se había robado mi lluvia!
Resignado, busqué la manguera y me puse a regar. También aprovechando el sol, lavé el auto. Después de cuatro horas de arduo trabajo, ya tenía casi todo el parque regado, el auto lavado, limpié los vidrios, todo hecho una pinturita.
Entré dos minutos para calentar más agua para más mate. Escuché unos ruidos raros afuera, a los cuales no les presté demasiada atención. El viento se había tornado intenso; podría decirse que era un viento “enojado”. ¿Con quién? No lo supe. Se notaba que había menos luz. Yo seguía en mi postura de no prestarle atención: “¡Clima, te estoy ignorando!” Quizás Godzilla se había parado justo en frente del sol y estaba haciendo sombra en mi ventana. Quién sabe.
Empecé a escuchar ruido a golpes - ramas que caían sobre el techo. Después empecé a escuchar ruido similar al de la lluvia. Miro hacia afuera y… ¡estaba lloviendo! De golpe –como generalmente sucede– el ruido se hizo más fuerte y más contundente, ¡era granizo del tamaño de Saturno, en estado completamente sólido, con sus respectivos anillos incluídos!
Vuelvo a fijarme el pronóstico: día 1: lluvia. Día 2: lluvia. Día 3: lluvia. Día 4: lluvia, granizo, sapos, jirafas y vientos huracanados. Pero, ¿qué es esto? ¿El INDEC? Imaginaba a los pronosticadores desesperados en su salita minutos antes, corriendo de un lado al otro con los ábacos y algún otro de sus elementos sofisticados y complejos en cuyas pantallas se leía: “Error fatal en el módulo 3746329, comuníquese con soporte técnico. Código de error Número: 6238x8223ooo923778236/4.34”. Mientras, el operador encargado de actualizar la página, gritaba en pánico: “¿Dónde están los dibujos de la lluvia? Robertooooooo, ¿dónde los metiste? ¡Decime rápido porque si no subo la foto de tu mujer, que la tengo más a mano!”.
Mientras esperaba que una grúa sacara un “granizo” del techo del auto y me fumaba un cigarrillo, pensaba qué lección podría sacar de esta experiencia. Me acordé de mi amigo Martín, que se había quebrado una de sus piernas algunos años atrás. Me acordé de un viaje a Córdoba en el cual le empezó a doler su hueso maltrecho y de su “Va a llover, me duele el hueso”. Obviamente, como al pronóstico, como al horóscopo y como al INDEC, no le creí. A la media hora se largó un chaparrón que nos hizo imposible continuar manejando.
Entonces, por más que haya muchos años de ciencia y de tecnología en la predicción del tiempo, mejor le pregunto a mi amigo Martín si le duele el hueso de su pierna. La tecnología puede fallar, los huesos rotos…no. Quizás le rompa la otra pierna, para saber si con esta nueva quebradura pueda decirme si cae granizo o no.
Pocas veces en la historia del mundo (sí, quizás esté exagerando un poco) se ha equivocado tanto y tantas veces el pronóstico del tiempo como en los últimos veinte días.
No sé Ustedes, pero soy un enfermito de fijarme a cada rato las actualizaciones del clima de la página del Servicio Meteorológico Nacional. No interesa si tengo algún plan o no que se pueda ver afectado por lluvia, sol, granizo, vientos fuertes, torbellinos, huracanes, ceniza volcánica, etc., etc. Miro el pronóstico con la misma fe con la cual leo el horóscopo todos los domingos. Pocas veces les creo, pero ante la duda prefiero saber si van a caer sapos del cielo o qué secretos guardan los astros para la semana que comienza.
Todos sabemos que pronosticar el tiempo no es nada fácil. Científicos con aparatos complejos estudian los movimientos de los vientos, las nubes, las masas de aire frio o cálido que se aproximan y transitan en nuestro gran cielo argentino. Cálculos matemáticos más complejos que los aparatos, ábacos informatizados que pueden sacar la raíz cuadrada hasta de un gallego. Impresionante.
Hace poco, se pronosticó casi casi el diluvio universal. Después de algunos meses de sequía, los dibujos animados de la página del SMN mostraban sólo nubes con rayos, gotitas de lluvia cayendo por doquier. Se advertían vientos fuertes del sud-este, rotando hacia el sud-oeste y la posibilidad de granizo.
No sé si habrán notado que, hasta hace no mucho tiempo el granizo casi ni existía o importaba muy poco. Pero, ¿qué pasó que ahora es tan importante? Algunos años atrás, cayó granizo del tamaño de Júpiter y nosotros, pobres ciudadanos desprevenidos, sufrimos las consecuencias no sólo en la carne, sino en la chapa de nuestros autos que circulaban o estaban estacionados a la intemperie. Después de este desafortunado acontecimiento, millones de personas comenzaron a enviar cartas y hacer manifestaciones, preguntando por qué el Servicio Meteorológino Nacional no les había avisado que semejante tragedia iba a ocurrir. A partir de ese día, se agregó la línea “probabilidad de granizo” en el pronóstico de todos los días, en todas las ciudades del país, inclusive aquellas en las cuales la posibilidad de que caiga granizo es tan alta como que Maradona vuelva a la selección (¡Ah!, ¿ya volvió?).
Estaba rogando que lloviera. El pasto estaba amarillo; mis azaleas estaban deprimidas por demás (esto es: hojitas cabizbajas, ramitas en forma de “U” invertida y una mirada triste, tristísima). “¿Riego? ¡No! Si hoy llueve y mañana también. Si llueve pasado mañana, será mejor que vacíe la pileta, la pinte y la lluvia todo poderosa se encargará de llenarla”, pensé. A medida que avanzaba el día previo al de la supuesta lluvia, el cielo se había tornado gris, empezaron a soplar ráfagas de viento. Hacia la noche de ese mismo día, no se veía una estrella. Estaba todo listo y me fui a dormir tranquilo, con una sonrisa en la cara pensando que por lo que decía el pronóstico, por las condiciones meteorológicas y porque veía a las hormigas corriendo de un lado al otro enloquecidas, al día siguiente, la bendición de la lluvia caería sobre mi mini desierto de naturaleza en terapia intensiva y muchas ganas de vivir.
La mañana siguiente me desperté a las seis. Puse el agua para los mates con cara de dormido y, como suricato saliendo de su madriguera, corrí las cortinas despacio. Los pájaros cantaban contentos. Me los imaginaba con una barra de jabón en un ala, pasándosela por debajo de la otra, dándose la ducha de su vida. Imaginaba una bandada de garzas chiflonas hurgando el suelo en busca de bichitos, dándose un festín digno de reyes. Imaginé hasta una ballena –que había llegado quién sabe cómo– sentada en los escalones de la pileta, pidiendo algún pescado, como si fuera un perro esperando su ración de comida matinal.
Cuando pude ver hacia afuera, todo se mantenía igual. Las azaleas me miraban como preguntándome “¿Y el agua, macho?”. Pensé que ya había llovido, por lo cual salí a comprobarlo. El pasto, como en un acto de protesta, se había retirado casi por completo, dejando a la vista un cacho de tierra mugrienta y seca; era una escena de pueblo fantasma del far west, pero sin el cardo que pasaba rodando…espero dos minutos y…pasó el cardo, mientras que las puertas del Saloon se movían en vaivén por el viento, que no había cesado. El cielo estaba límpido y celeste. Temperatura: 27ºC. Humedad: 25%. Y eran sólo las seis y cuarto de la mañana.
Volví adentro y me fijé de nuevo en la página del Servicio Meteorológico Nacional. ¡Eran todos soles para los próximos cinco días, ni granizo anunciado había! ¡Alguien se había robado mi lluvia!
Resignado, busqué la manguera y me puse a regar. También aprovechando el sol, lavé el auto. Después de cuatro horas de arduo trabajo, ya tenía casi todo el parque regado, el auto lavado, limpié los vidrios, todo hecho una pinturita.
Entré dos minutos para calentar más agua para más mate. Escuché unos ruidos raros afuera, a los cuales no les presté demasiada atención. El viento se había tornado intenso; podría decirse que era un viento “enojado”. ¿Con quién? No lo supe. Se notaba que había menos luz. Yo seguía en mi postura de no prestarle atención: “¡Clima, te estoy ignorando!” Quizás Godzilla se había parado justo en frente del sol y estaba haciendo sombra en mi ventana. Quién sabe.
Empecé a escuchar ruido a golpes - ramas que caían sobre el techo. Después empecé a escuchar ruido similar al de la lluvia. Miro hacia afuera y… ¡estaba lloviendo! De golpe –como generalmente sucede– el ruido se hizo más fuerte y más contundente, ¡era granizo del tamaño de Saturno, en estado completamente sólido, con sus respectivos anillos incluídos!
Vuelvo a fijarme el pronóstico: día 1: lluvia. Día 2: lluvia. Día 3: lluvia. Día 4: lluvia, granizo, sapos, jirafas y vientos huracanados. Pero, ¿qué es esto? ¿El INDEC? Imaginaba a los pronosticadores desesperados en su salita minutos antes, corriendo de un lado al otro con los ábacos y algún otro de sus elementos sofisticados y complejos en cuyas pantallas se leía: “Error fatal en el módulo 3746329, comuníquese con soporte técnico. Código de error Número: 6238x8223ooo923778236/4.34”. Mientras, el operador encargado de actualizar la página, gritaba en pánico: “¿Dónde están los dibujos de la lluvia? Robertooooooo, ¿dónde los metiste? ¡Decime rápido porque si no subo la foto de tu mujer, que la tengo más a mano!”.
Mientras esperaba que una grúa sacara un “granizo” del techo del auto y me fumaba un cigarrillo, pensaba qué lección podría sacar de esta experiencia. Me acordé de mi amigo Martín, que se había quebrado una de sus piernas algunos años atrás. Me acordé de un viaje a Córdoba en el cual le empezó a doler su hueso maltrecho y de su “Va a llover, me duele el hueso”. Obviamente, como al pronóstico, como al horóscopo y como al INDEC, no le creí. A la media hora se largó un chaparrón que nos hizo imposible continuar manejando.
Entonces, por más que haya muchos años de ciencia y de tecnología en la predicción del tiempo, mejor le pregunto a mi amigo Martín si le duele el hueso de su pierna. La tecnología puede fallar, los huesos rotos…no. Quizás le rompa la otra pierna, para saber si con esta nueva quebradura pueda decirme si cae granizo o no.
lunes, 10 de noviembre de 2008
La " Onda"
Navegando en la marea de los estereotipos y los prejuicios.
Creo que en mi columna anterior, quedó claro que no “ondeo” y que nunca “ondeé” (o sea, nunca estuve en la desconocida, desfigurada y fabricada artificialmente “onda”). No sé lo que es tener onda. Me resulta algo tan amplio y tan vago que, después de varios intentos de “ondear”, desistí. Lo que está de “onda” no me gusta cómo me queda. Aunque siempre rescato algo de alguna “onda”, soy un rejunte de “ondas” distintas, dependiendo de la épocas, dependiendo de la ocasión y dependiendo…de la disponibilidad del guardarropas – otro recurso no renovable.
Comprar ropa me resulta engorroso y molesto, mucho más cuando los vendedores/as que me asisten (o deberían hacerlo) me dicen: “¡Ah! Eso te queda bárbaro” y me sobran veinte centímetros adelante de mis patas del ruedo del jean, la cintura me sobra por donde lo mires y el tiro del mismo está debajo de mis rodillas. Bolsillos en lugares extraños y poco prácticos, el del Zippo (ése chiquito que está del lado derecho, como en el borde del bolsillo “normal”) muy chico, etc., etc. “Se usa así” me dicen. Y, la verdad, es que a mí no me importa cómo se usen los Jeans. “¿No tenés un jean normal, flaco? De corte cuadrado, como yo. Gracias.”. La otra cosa son los talles: pido un jean talle 32-32. “No, ese talle no se fabrica”, a lo que respondo: “Ah, ¿no? ¿Y éste que tengo puesto?” Grillos por doquier y la cara atónita del vendedor, que ya fantasea con la idea de que el jean que tengo puesto me lo “alcanzó” un extraterrestre al cerro Uritorco.
Sin embargo estas vicisitudes menores en mi vida sin “onda” no son nada comparado con lo que me pasó el viernes pasado.
Hacía ya un mes que le había puesto el ojo a una cajera de una reconocida cadena de supermercados francesa (Pierre). Las veces que me la había cruzado en la caja, siempre había una cola interminable detrás de mí, con lo cual, no había margen para el diálogo (hay que tener en cuenta el instinto asesino que despierta - a los que están detrás nuestro - el exceso de tiempo entre el último “beep”, el “chriiiin chriiin” de cuando se imprime el ticket y la partida).
La cuestión es que este viernes fui al súper. Antes de entrar al salón de ventas, corroboré que mi cajera superstar estuviera en algún lado. La vi, entré y agarré algunas cosas que no necesariamente tenía que comprar. Raudamente me dirigí a la caja con la precisión de un misil sidewinder en plena guerra del golfo.
Mientras me acercaba a la caja en línea recta desde el fondo del salón, noto la presencia de un factor inesperado en mi gran plan de ataque. Un boy-scout estaba detrás de ella, esperando ansioso poder embolsar las compras del próximo cliente y recibir alguna contribución. “Santos boy-scouts” hubiera dicho Robin, yo me limité a profesar algunos epítetos poco amables al fundador del grupo y la maldita hora en la cual se les ocurrió comenzar con la práctica de “Te embolso las compras y nos das una moneda”.
Llego a la caja. “Hola Elizabeth, ¿cómo estás?”. “¡Ay, sabés mi nombre!”, me dijo con una sonrisa. (¡Beep! Mis tres productos hacían cantar a la maquinita). “¡Por supuesto! Es más, tenía ganas de invitarte a tomar algo hoy o mañana, si podés/querés, como para saber algo más que tu nombre. Sé que estas laburando y no te quiero molestar, pero no me queda otra”. Riéndose alegremente me pregunta si es en serio lo que le digo, a lo cual le respondo afirmativamente. Se sigue riendo (mucho) y me cuenta que la semana siguiente cumple 5 años de novia, que es una novia fiel, etc., etc. “Si nunca te preguntaba, nunca lo iba a saber”, le dije.
Ella seguía riéndose, cosa que ya era extraña. Le pregunto por qué tanta risa. Me mira y me dice: “No, es que….en realidad pensé que eras gay. Disculpáme que sea tan directa”. Después de que superé (en unos 3 nano segundos) el hecho, empecé a reírme a carcajadas. El boy-scout, al que ni miré en todo este tiempo, también se reía. Le pregunto por qué semejante sospecha recaía sobre mi pequeña y no “ondeada” persona y me dice: ”es que sos tan amable”. Me reí de nuevo. Lo miré al boy-scout y mientras sacaba de mi bolsillo normal de mi jean normal unas monedas le digo: “Flaco, hoy te hiciste el día, ¿eh? Primero, porque te estoy poniendo dos monedas de cincuenta centavos en la cajita y, segundo, te pudiste reír a carcajadas con el papelonazo que me acabo de comer”. Palmadita en la espalda del scout y me fui. Todos contentos.
Se me ocurrió pensar en cuántas mujeres que me conocen (un poco) pensarán “¡No, pero si es gay!”. Ante este acontecimiento, no es que vaya a realizar algún cambio radical en mi vida, en mi vestimenta, en mi forma de proceder, pero sí voy a hacerme hacer una remera que en el frente diga “No soy gay…” y en la parte de atrás: “…solamente soy amable”.
Creo que en mi columna anterior, quedó claro que no “ondeo” y que nunca “ondeé” (o sea, nunca estuve en la desconocida, desfigurada y fabricada artificialmente “onda”). No sé lo que es tener onda. Me resulta algo tan amplio y tan vago que, después de varios intentos de “ondear”, desistí. Lo que está de “onda” no me gusta cómo me queda. Aunque siempre rescato algo de alguna “onda”, soy un rejunte de “ondas” distintas, dependiendo de la épocas, dependiendo de la ocasión y dependiendo…de la disponibilidad del guardarropas – otro recurso no renovable.
Comprar ropa me resulta engorroso y molesto, mucho más cuando los vendedores/as que me asisten (o deberían hacerlo) me dicen: “¡Ah! Eso te queda bárbaro” y me sobran veinte centímetros adelante de mis patas del ruedo del jean, la cintura me sobra por donde lo mires y el tiro del mismo está debajo de mis rodillas. Bolsillos en lugares extraños y poco prácticos, el del Zippo (ése chiquito que está del lado derecho, como en el borde del bolsillo “normal”) muy chico, etc., etc. “Se usa así” me dicen. Y, la verdad, es que a mí no me importa cómo se usen los Jeans. “¿No tenés un jean normal, flaco? De corte cuadrado, como yo. Gracias.”. La otra cosa son los talles: pido un jean talle 32-32. “No, ese talle no se fabrica”, a lo que respondo: “Ah, ¿no? ¿Y éste que tengo puesto?” Grillos por doquier y la cara atónita del vendedor, que ya fantasea con la idea de que el jean que tengo puesto me lo “alcanzó” un extraterrestre al cerro Uritorco.
Sin embargo estas vicisitudes menores en mi vida sin “onda” no son nada comparado con lo que me pasó el viernes pasado.
Hacía ya un mes que le había puesto el ojo a una cajera de una reconocida cadena de supermercados francesa (Pierre). Las veces que me la había cruzado en la caja, siempre había una cola interminable detrás de mí, con lo cual, no había margen para el diálogo (hay que tener en cuenta el instinto asesino que despierta - a los que están detrás nuestro - el exceso de tiempo entre el último “beep”, el “chriiiin chriiin” de cuando se imprime el ticket y la partida).
La cuestión es que este viernes fui al súper. Antes de entrar al salón de ventas, corroboré que mi cajera superstar estuviera en algún lado. La vi, entré y agarré algunas cosas que no necesariamente tenía que comprar. Raudamente me dirigí a la caja con la precisión de un misil sidewinder en plena guerra del golfo.
Mientras me acercaba a la caja en línea recta desde el fondo del salón, noto la presencia de un factor inesperado en mi gran plan de ataque. Un boy-scout estaba detrás de ella, esperando ansioso poder embolsar las compras del próximo cliente y recibir alguna contribución. “Santos boy-scouts” hubiera dicho Robin, yo me limité a profesar algunos epítetos poco amables al fundador del grupo y la maldita hora en la cual se les ocurrió comenzar con la práctica de “Te embolso las compras y nos das una moneda”.
Llego a la caja. “Hola Elizabeth, ¿cómo estás?”. “¡Ay, sabés mi nombre!”, me dijo con una sonrisa. (¡Beep! Mis tres productos hacían cantar a la maquinita). “¡Por supuesto! Es más, tenía ganas de invitarte a tomar algo hoy o mañana, si podés/querés, como para saber algo más que tu nombre. Sé que estas laburando y no te quiero molestar, pero no me queda otra”. Riéndose alegremente me pregunta si es en serio lo que le digo, a lo cual le respondo afirmativamente. Se sigue riendo (mucho) y me cuenta que la semana siguiente cumple 5 años de novia, que es una novia fiel, etc., etc. “Si nunca te preguntaba, nunca lo iba a saber”, le dije.
Ella seguía riéndose, cosa que ya era extraña. Le pregunto por qué tanta risa. Me mira y me dice: “No, es que….en realidad pensé que eras gay. Disculpáme que sea tan directa”. Después de que superé (en unos 3 nano segundos) el hecho, empecé a reírme a carcajadas. El boy-scout, al que ni miré en todo este tiempo, también se reía. Le pregunto por qué semejante sospecha recaía sobre mi pequeña y no “ondeada” persona y me dice: ”es que sos tan amable”. Me reí de nuevo. Lo miré al boy-scout y mientras sacaba de mi bolsillo normal de mi jean normal unas monedas le digo: “Flaco, hoy te hiciste el día, ¿eh? Primero, porque te estoy poniendo dos monedas de cincuenta centavos en la cajita y, segundo, te pudiste reír a carcajadas con el papelonazo que me acabo de comer”. Palmadita en la espalda del scout y me fui. Todos contentos.
Se me ocurrió pensar en cuántas mujeres que me conocen (un poco) pensarán “¡No, pero si es gay!”. Ante este acontecimiento, no es que vaya a realizar algún cambio radical en mi vida, en mi vestimenta, en mi forma de proceder, pero sí voy a hacerme hacer una remera que en el frente diga “No soy gay…” y en la parte de atrás: “…solamente soy amable”.
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