Intérprete: Wilco
Letra: http://www.bemydemon.org/songs/light.htm
If you feel like singing a song / Si te sentís como para cantar una canción
And you want other people to sing along / y querés que la gente cante con vos
Just sing what you feel / Sólo cantá lo que sentís
Don’t let anyone say it’s wrong / No dejes que nadie diga que está mal
And if you’re trying to paint a picture / Si estás tratando de pintar un cuadro
But you’re not sure which colors belong / Pero no estás seguro de sus colores
Just paint what you see / Sólo pintá lo que ves
Don’t let anyone say it’s wrong / No dejes que nadie diga que está mal
And if you’re strung out like a kite / Y si estás colgado como un barrilete
Or stung awake in the night / O si estás irritado y despierto en la noche
It’s alright to be frightened / Está bien tener miedo
When there’s a light (what light) / Cuando hay una luz (que luz?)
There’s a light (one light) / Hay una luz (qué luz?)
There’s a light (white light) / Hay una luz (qué luz?)
Inside of you / Dentro tuyo
If you think you might need somebody / Si pensás que precisarías de alguien
To pick you up when you drag / Para levantarte cuando estés deprimido
Don’t loose sight of yourself / No te pierdas de vista
Don’t let anyone change your bag / No dejes que nadie cambie tu bolso
And if the whole world’s singing your songs / Y si todo el mundo está cantando tus canciones
And all of your paintings have been hung / Y todos tus cuadros hayan sido colgados
Just remember what was yours is everyone’s from now on / Sólo recordá que lo que era tuyo es de todos de ahora en más
And that’s not wrong or right / Y eso no está bien o mal
But you can struggle with it all you like / Pero podés pelearlo todo lo que quieras
You'll only get uptight / Solamente te tensionarás
Because there’s a light (what light) / Porque hay una luz (que luz?)
There’s a light (one light) / Hay una luz (una luz)
There’s a light (white light) / Hay una luz (blanca luz)
There’s a light (what light) / Hay una luz (que luz?)
There’s a light (one light) / Hay una luz (una luz)
There’s a light (white light) / Hay una luz (blanca luz)
There’s a light (what light) / Hay una luz (que luz?)
There’s a light (one light) / Hay una luz (una luz)
There’s a light (white light) / Hay una luz (blanca luz)
There’s a light (what light) / Hay una luz (que luz?)
There’s a light (one light) / Hay una luz (una luz)
There’s a light (white light) / Hay una luz (blanca luz)
Inside of you / Dentro tuyo
Una mirada torcida sobre las cosas que pasan...y las que no.
sábado, 8 de noviembre de 2008
lunes, 27 de octubre de 2008
Eso
Esta es una historia de caballería sin caballos, sin armaduras, sin caballeros puros ni doncellas con su dignidad intacta. No hay castillos, ni ejércitos contra los cuales enfrentarse.
La batalla se lleva adelante en el interior. No de un espacio de algún país, sino, adentro mío. Tenía contenida esta sensación, este fuego, esta imparable y perturbadora cosa. La tenía controlada. La guardaba en una botella de vidrio grueso. Desde afuera se veía el contenido, pero sólo se veía – en definitiva, soy humano. Habitaban en mi muchas otras cosas, que fluían de un lado al otro y en todas direcciones, pero eran varias cosas, muchas…muchísimas, podría decirse. Había música, había libros, había fotografías, había recuerdos, había pensamientos, había ideas, había sentimientos.
Llegaste con tu martillo, rompiste la botella y lo que guardaba empezó a desparramarse. Al principio Eso se mantenía relativamente en calma. Solamente se desparramaba un poco en ciertos momentos y ante determinados estímulos. Y ahí quedaba. Podría decir que estaba acostumbrado a ocupar ése, su lugar. La música, los libros, los diarios, los pensamientos, habitantes ya permanentes – pensé – cada uno de su espacio, seguían ahí, imperturbables, inamovibles. A medida que fue pasando el tiempo Eso empezó a fluir, de a poco ocupando espacios que ocuparon otras.
Hoy, dos semanas después de “quiero tenerte ahora”, Eso lo abarca todo. Ocupó – como generalmente pasa con todo Eso no consumado– absolutamente todos los espacios, cada rincón, cada célula, cada fibra de mi cuerpo y cada segundo de mis pensamientos. Me gustaría escapar de Eso, volver a meterlo en su botella gruesa, pero no puedo. Quiero evitar Eso y, sin embargo, está. Ayer a la noche me despertó e impidió que pueda volver a dormirme.
Mientras cavilaba fumándome un cigarrillo y caminando sin parar, me di cuenta que no tengo que escaparme, ni esconderme de Eso. No tiene sentido tampoco intentar combatirlo, es una batalla perdida. Lo único que puedo hacer para volver a mi normalidad, a poner cada cosa en su lugar es hacer lo que Eso me pide a gritos. Eso tiene tu cara, Eso tiene tu cuerpo…Eso es lo que quiero.
La batalla se lleva adelante en el interior. No de un espacio de algún país, sino, adentro mío. Tenía contenida esta sensación, este fuego, esta imparable y perturbadora cosa. La tenía controlada. La guardaba en una botella de vidrio grueso. Desde afuera se veía el contenido, pero sólo se veía – en definitiva, soy humano. Habitaban en mi muchas otras cosas, que fluían de un lado al otro y en todas direcciones, pero eran varias cosas, muchas…muchísimas, podría decirse. Había música, había libros, había fotografías, había recuerdos, había pensamientos, había ideas, había sentimientos.
Llegaste con tu martillo, rompiste la botella y lo que guardaba empezó a desparramarse. Al principio Eso se mantenía relativamente en calma. Solamente se desparramaba un poco en ciertos momentos y ante determinados estímulos. Y ahí quedaba. Podría decir que estaba acostumbrado a ocupar ése, su lugar. La música, los libros, los diarios, los pensamientos, habitantes ya permanentes – pensé – cada uno de su espacio, seguían ahí, imperturbables, inamovibles. A medida que fue pasando el tiempo Eso empezó a fluir, de a poco ocupando espacios que ocuparon otras.
Hoy, dos semanas después de “quiero tenerte ahora”, Eso lo abarca todo. Ocupó – como generalmente pasa con todo Eso no consumado– absolutamente todos los espacios, cada rincón, cada célula, cada fibra de mi cuerpo y cada segundo de mis pensamientos. Me gustaría escapar de Eso, volver a meterlo en su botella gruesa, pero no puedo. Quiero evitar Eso y, sin embargo, está. Ayer a la noche me despertó e impidió que pueda volver a dormirme.
Mientras cavilaba fumándome un cigarrillo y caminando sin parar, me di cuenta que no tengo que escaparme, ni esconderme de Eso. No tiene sentido tampoco intentar combatirlo, es una batalla perdida. Lo único que puedo hacer para volver a mi normalidad, a poner cada cosa en su lugar es hacer lo que Eso me pide a gritos. Eso tiene tu cara, Eso tiene tu cuerpo…Eso es lo que quiero.
domingo, 19 de octubre de 2008
Antropología urbana
Emos, Floggers, Rappers, Blancanieves y los siete enanitos
Se me dice que vivo en un tupper. No tengo tele, sintonizo radio AM y la música que escucho es en relación a búsquedas en la Web de bandas similares a las que ya escucho. No soy un tipo “de la noche”. Mis salidas son contadas y a barcitos, restaurantes, con amigos. Hace bastante tiempo atrás dejé “las pistas”, nunca fui muy fanático del boliche; el solo hecho de tener que esperar hasta las 2 o 3 de la madrugada para salir no me causa demasiada gracia. A esas horas o estoy durmiendo o estoy “ocupado” en otros menesteres – despierto, pero con insomnio.
Cada tanto, por esa cuestión de que – aunque no lo crean – formo parte de este menjunje desordenado & ruidoso llamado “sociedad”, veo algo de TV y salgo – por un tiempo– de las cuatro paredes en las cuales me encuentro ahora.
Hace algún tiempo atrás, cuando iba a algún shopping o a comprar alguna baratija por ahí, noté ciertos personajes que antes no existían – o por lo menos yo nunca los había visto.
Ropa mayormente negra, ojos maquillados con delineador, un mechón de pelo tapándoles la mitad de la jeta y una expresión de tristeza en todo el cuerpo (desde la expresión en sus caras, hasta la manera en la cual se paran). Parecían un grupo de Playmobils tristes. “¿Se volvió a juntar The Cure?” – me pregunté.
Caminando, me cruzo con otro grupito. El peinado era más o menos parecido, pero un poco más largo y más batido o revuelto. Ropa de colores. Anteojos de sol – a pesar del cielo negro que anticipaba la tormenta del siglo. Cámaras digitales en mano, sacándose fotos entre ellos en distintas poses. Por lo menos había algunas sonrisas. Mmmm… “Alguno escuchará Poison?”
Las sorpresas no terminan ahí. Más adelante me encuentro con otro grupo, quizás más conocido o más identificable para mí. Toda su ropa es ancha, extra large; cadenas de pseudo-oro con medallas que le llegan hasta el ombligo, una gorra con la visera chanfleada hacia un costado. Aguzo la mirada y noto que, ¡se le caen los pantalones! ¡Flaco, se te ve medio trasero! ¡Y, para colmo de males, tenés un agujero en el calzón! Elemental, mi querido Watson: cómo no se les va a ver el trasero si los pantalones son 40 talles más grandes y no tienen cinturón. Además, esa manera de caminar… ¿formarán parte de un grupo de chicos con problemas motrices? Hablan del ghetto, mueven mucho las manos cuando hablan, ponen los dedos de una manera muy rara. A estos chicos definitivamente les pasa algo…o vinieron directamente de los suburbios de Los Angeles y están intentando adaptarse - con poco éxito. Son rappers, pero… ¿estoy en Buenos Aires, no?
Otro día fuera del tupper, prendo la tele – esa fuente inagotable de sabiduría – y ahí los veo, a todos juntos. ¡Ah! ¡Ahora sí! Son Emos, Floggers, Rappers, Cumbios, etc. Cada uno explicando – en un reconocido programa de TV conducido por una mujer que se niega a envejecer – las características de cada una de sus “tribus”.
Wow. Habla un sociólogo. Está explicando todo. Esto debe ser algo importante, trascendental a la evolución de la sociedad. Lo escucho atento. A medida que avanza en su explicación empiezo a notar ciertas similitudes en las características de estas personas con mi ser de hace un tiempo atrás. Interesante. Ahá. Y me surgen las siguientes preguntas, más relacionadas con las personalidades de estas personas: “¿Fui yo un Emo adelantado? ¿Fui un Hippie postergado en el tiempo? ¿Fui un Flogger que carecía de internet y cámara digital?”. La respuesta me golpeó como a un insecto el parabrisas de un auto en la ruta: ¡No! ¡Fui adolescente!
Desde el mi tupper, me despido con la expectativa de saber qué otra tendencia “nueva” se inventará para los próximos 10 años.
Se me dice que vivo en un tupper. No tengo tele, sintonizo radio AM y la música que escucho es en relación a búsquedas en la Web de bandas similares a las que ya escucho. No soy un tipo “de la noche”. Mis salidas son contadas y a barcitos, restaurantes, con amigos. Hace bastante tiempo atrás dejé “las pistas”, nunca fui muy fanático del boliche; el solo hecho de tener que esperar hasta las 2 o 3 de la madrugada para salir no me causa demasiada gracia. A esas horas o estoy durmiendo o estoy “ocupado” en otros menesteres – despierto, pero con insomnio.
Cada tanto, por esa cuestión de que – aunque no lo crean – formo parte de este menjunje desordenado & ruidoso llamado “sociedad”, veo algo de TV y salgo – por un tiempo– de las cuatro paredes en las cuales me encuentro ahora.
Hace algún tiempo atrás, cuando iba a algún shopping o a comprar alguna baratija por ahí, noté ciertos personajes que antes no existían – o por lo menos yo nunca los había visto.
Ropa mayormente negra, ojos maquillados con delineador, un mechón de pelo tapándoles la mitad de la jeta y una expresión de tristeza en todo el cuerpo (desde la expresión en sus caras, hasta la manera en la cual se paran). Parecían un grupo de Playmobils tristes. “¿Se volvió a juntar The Cure?” – me pregunté.
Caminando, me cruzo con otro grupito. El peinado era más o menos parecido, pero un poco más largo y más batido o revuelto. Ropa de colores. Anteojos de sol – a pesar del cielo negro que anticipaba la tormenta del siglo. Cámaras digitales en mano, sacándose fotos entre ellos en distintas poses. Por lo menos había algunas sonrisas. Mmmm… “Alguno escuchará Poison?”
Las sorpresas no terminan ahí. Más adelante me encuentro con otro grupo, quizás más conocido o más identificable para mí. Toda su ropa es ancha, extra large; cadenas de pseudo-oro con medallas que le llegan hasta el ombligo, una gorra con la visera chanfleada hacia un costado. Aguzo la mirada y noto que, ¡se le caen los pantalones! ¡Flaco, se te ve medio trasero! ¡Y, para colmo de males, tenés un agujero en el calzón! Elemental, mi querido Watson: cómo no se les va a ver el trasero si los pantalones son 40 talles más grandes y no tienen cinturón. Además, esa manera de caminar… ¿formarán parte de un grupo de chicos con problemas motrices? Hablan del ghetto, mueven mucho las manos cuando hablan, ponen los dedos de una manera muy rara. A estos chicos definitivamente les pasa algo…o vinieron directamente de los suburbios de Los Angeles y están intentando adaptarse - con poco éxito. Son rappers, pero… ¿estoy en Buenos Aires, no?
Otro día fuera del tupper, prendo la tele – esa fuente inagotable de sabiduría – y ahí los veo, a todos juntos. ¡Ah! ¡Ahora sí! Son Emos, Floggers, Rappers, Cumbios, etc. Cada uno explicando – en un reconocido programa de TV conducido por una mujer que se niega a envejecer – las características de cada una de sus “tribus”.
Wow. Habla un sociólogo. Está explicando todo. Esto debe ser algo importante, trascendental a la evolución de la sociedad. Lo escucho atento. A medida que avanza en su explicación empiezo a notar ciertas similitudes en las características de estas personas con mi ser de hace un tiempo atrás. Interesante. Ahá. Y me surgen las siguientes preguntas, más relacionadas con las personalidades de estas personas: “¿Fui yo un Emo adelantado? ¿Fui un Hippie postergado en el tiempo? ¿Fui un Flogger que carecía de internet y cámara digital?”. La respuesta me golpeó como a un insecto el parabrisas de un auto en la ruta: ¡No! ¡Fui adolescente!
Desde el mi tupper, me despido con la expectativa de saber qué otra tendencia “nueva” se inventará para los próximos 10 años.
domingo, 12 de octubre de 2008
Saborear la vida
A veces la vida te regala momentos dentro de otros momentos, como las muñecas rusas. A veces son amargos con resabios de dulzura y otras al revés. Ahora es uno de esos momentos. Estando acá, siento que estoy en otro lugar o en otra circunstancia distinta a la cual me encuentro. Siento la soledad, pero no es esa soledad que abruma, que castiga, que se sufre. Se me ocurrió pensar que, a pesar de todo (incluso del sentido común) y de alguna manera, estoy saboreando la soledad. La siento; siento todo aquello que me falta, que no tengo y que deseo. Sin embargo, en este sentir, en esta bebida que degusto y desintegro en sensaciones, ideas, pensamientos y sentimientos, se entremezclan sensaciones, ideas, pensamientos y sentimientos totalmente opuestos.
Quizás esté solo y me sienta solo. Pero exactamente en la misma medida en la cual estoy solo y me siento solo, me acompaña cada sonrisa recibida, cada beso, cada te quiero dado y recibido, cada abrazo, cada caricia, cada palabra y gesto gentiles que he escuchado y recibido. Sé que la vida no es color de rosa. No todo es lindo, ni hermoso, ni romántico, ni feliz. Pero quizás el secreto esté en aprender a saborear de la misma forma las cosas buenas y las malas, las lindas y las feas.
Si muriera mañana o pasado, o el año que viene, moriría feliz. Me llevaría conmigo todos estos tesoros que guardo en mi memoria. No es que quiera conformarme con lo que soy y lo que tengo hasta aquí, pero me parece importante sentirse verdaderamente satisfechos con lo que somos y tenemos hasta ahora. Cuando dudamos, cuando titubeamos respecto al paso que vamos a dar, cuando algo nos paraliza, no necesariamente debemos echarnos atrás. A veces ese miedo que nos paraliza es lo que nos está impidiendo subir un escalón más arriba en la dulzura de la vida. Animarnos a seguir adelante, a trascender ese obstáculo es el deber de aquellos que buscamos aquél algo mejor.
Por momentos podemos creer que la vida es un trago espeso, amargo y difícil de digerir. Los humores, las rachas pueden cambiar, pero si no nos sentimos satisfechos en general con nuestra vida, deberíamos intentar mirar atrás y ver en dónde es que hemos dado el paso en falso. No hay nada que no tenga solución.
Generalmente se asocia a este tener que cambiar, a estar obligados a hacer un cambio radical, a una especie de “todo o nada”. Es cierto que la idea resulta atractiva. De alguna manera, es como convertirse “héroe de uno mismo”; pero no necesariamente todas las decisiones tomadas hasta este momento fueron las equivocadas, ni tampoco tenemos que sentir que nuestra vida anterior es desechable. Somos la suma de las experiencias vividas y de las decisiones que tomamos. Nunca voy a negar de aquel adolescente acomplejado por sus granos, por su estatura, por su timidez que fui; ni tampoco de haber pensado que la vida era demasiado difícil para mí. Soy el que fui y seré también el que soy hoy.
Superamos cosas que pensamos que no podríamos llegar a superar (dolores, sufrimientos, pérdidas, miedos etc.) y podemos hacer cosas que pensamos – hoy – que no podemos realizar. Nos cuesta la angustia, la pérdida, el sufrimiento, los miedos, el desamor, pero no nos cuesta el gozo, el encuentro, la dicha, el amor; los aceptamos sin más. Cuando aprendamos a distinguir los muchos matices que componen la vida y a aceptarlos; cuando saboreemos las amarguras y las tristezas por igual y no temamos ocultarlo, quizás ahí podremos decir que hemos vivido.
Hoy saboreé la soledad…y era dulce.
Quizás esté solo y me sienta solo. Pero exactamente en la misma medida en la cual estoy solo y me siento solo, me acompaña cada sonrisa recibida, cada beso, cada te quiero dado y recibido, cada abrazo, cada caricia, cada palabra y gesto gentiles que he escuchado y recibido. Sé que la vida no es color de rosa. No todo es lindo, ni hermoso, ni romántico, ni feliz. Pero quizás el secreto esté en aprender a saborear de la misma forma las cosas buenas y las malas, las lindas y las feas.
Si muriera mañana o pasado, o el año que viene, moriría feliz. Me llevaría conmigo todos estos tesoros que guardo en mi memoria. No es que quiera conformarme con lo que soy y lo que tengo hasta aquí, pero me parece importante sentirse verdaderamente satisfechos con lo que somos y tenemos hasta ahora. Cuando dudamos, cuando titubeamos respecto al paso que vamos a dar, cuando algo nos paraliza, no necesariamente debemos echarnos atrás. A veces ese miedo que nos paraliza es lo que nos está impidiendo subir un escalón más arriba en la dulzura de la vida. Animarnos a seguir adelante, a trascender ese obstáculo es el deber de aquellos que buscamos aquél algo mejor.
Por momentos podemos creer que la vida es un trago espeso, amargo y difícil de digerir. Los humores, las rachas pueden cambiar, pero si no nos sentimos satisfechos en general con nuestra vida, deberíamos intentar mirar atrás y ver en dónde es que hemos dado el paso en falso. No hay nada que no tenga solución.
Generalmente se asocia a este tener que cambiar, a estar obligados a hacer un cambio radical, a una especie de “todo o nada”. Es cierto que la idea resulta atractiva. De alguna manera, es como convertirse “héroe de uno mismo”; pero no necesariamente todas las decisiones tomadas hasta este momento fueron las equivocadas, ni tampoco tenemos que sentir que nuestra vida anterior es desechable. Somos la suma de las experiencias vividas y de las decisiones que tomamos. Nunca voy a negar de aquel adolescente acomplejado por sus granos, por su estatura, por su timidez que fui; ni tampoco de haber pensado que la vida era demasiado difícil para mí. Soy el que fui y seré también el que soy hoy.
Superamos cosas que pensamos que no podríamos llegar a superar (dolores, sufrimientos, pérdidas, miedos etc.) y podemos hacer cosas que pensamos – hoy – que no podemos realizar. Nos cuesta la angustia, la pérdida, el sufrimiento, los miedos, el desamor, pero no nos cuesta el gozo, el encuentro, la dicha, el amor; los aceptamos sin más. Cuando aprendamos a distinguir los muchos matices que componen la vida y a aceptarlos; cuando saboreemos las amarguras y las tristezas por igual y no temamos ocultarlo, quizás ahí podremos decir que hemos vivido.
Hoy saboreé la soledad…y era dulce.
viernes, 19 de septiembre de 2008
Las mejores oportunidades son al aire libre
Poniendo la creatividad a disposición del abandono de la soltería
La vida en la ciudad, y su correspondiente concentración de gente, brindan a sus habitantes posibilidades que no pueden darse en otros centros menos poblados del País.
En las ciudades o pueblos “del interior” (¿Buenos Aires está en el exterior? No lo sabía), le gente se conoce más, se conocen entre sí, lo que muchas veces inhibe el proceder del sujeto de esta columna: el soltero. Que Fulana es la hija de Zutano, y ojo que es un viejo muy jodido y cascarrabias; además estuvo de novia con Mengano, que es amigo de un amigo mío, por lo cual, sería casi inmoral que me atreviera a invitarla a tomar algo. Todos se relacionan entre si, de alguna u otra manera. No hay oportunidad de hacer un movimiento sigiloso sin que no se entere alguien. Peligroso es navegar en esas aguas. Por ese mismo motivo, los solteros se van a pueblos vecinos (pero lo suficientemente alejados) para hacer sus enchastros.
La ciudad, además de estar colmada de gente que pocas veces saluda a su propio vecino – inclusive cuando se lo cruzan el ascensor todas las mañanas – cuenta con millones de “pueblos cercanos” en cada barrio: millones de conocidos-desconocidos, yendo de un lado al otro, haciendo lío “delegación a delegación”. Hay que agregar a eso que la ciudad cuenta con la mayor cantidad de abonados a internet del país, lo cual facilita aún más las cosas. No saludamos al vecino en el ascensor, porque a veces nos da vergüenza o no tenemos ganas, pero saludamos con el “Hola” más alegre a cualquier extraño que aparece en una sala de chat, página de redes sociales, o de citas. No hay medio válido o inválido para esto, en definitiva si coincidimos en un determinado lugar y actuamos de determinada manera es para un solo objetivo: conocernos (ellas y ellos, ellos y ellos, ellas y ellas, ellos más ella más ella, etc.).
Lugares frecuentes: bares, restaurantes, boliches, recitales, muestras de arte, charlas, gimnasios, los bosques de Palermo y Costanera sur (para los “deportistas”). Sin embargo, hay algo que le escapa al soltero común que no logra apreciar el potencial total de ciertos eventos en auge en estos tiempos: las marchas de protesta.
Si uno se toma el trabajo de ponerse a contar las innumerables manifestaciones que suceden en una semana en la City, se dará cuenta de que hay una variedad importante de la cual elegir. Siempre es recomendable encontrar aquellas manifestaciones a las cuales nuestras ideas sean más afines. Por ejemplo, no sería demasiado productivo participar en una marcha de una organización Marxista-Leninista enfundado en un sweater Tommy, pantalón de vestir, zapatos náuticos y los pelos enmarañados con una buena cuota de gel. La pluralidad tolera solamente ciertos límites.
Alguien podría llegar a pensar que pasar algunas horas en el medio de una muchedumbre casi sin espacio para moverse, transpirado y a los pisotones, no sería el ambiente más propicio para el caldo de cultivo de una relación; no se preocupe: es lo mismo que ir a bailar, pero con menos ruido y la posibilidad de diálogo. No corren en este escenario artilugios viejos, como la injusticia, que sí funcionan en otros lugares. Arrancar una conversación tocándole el hombro a la chica que tenemos adelante (después de estar analizando su figura por media hora) y decirle “Hola, ¿Cómo va? ¿Siempre venís acá?”, nunca va a funcionar, porque en esta situación, nuestra interlocutora – actually – sí escucha lo que decimos. No señor. No es ambiente para el chamuyo barato y berreta. Aquí se precisan neuronas y cierto conocimiento de la realidad cultural, social y política – además de una dicción cuasi perfecta. Siempre hay que hablar de lo terrible que es la situación X del país o, si se conoce del tema, de política internacional (que siempre es un plus).
Mujeres hay en todos lados, es cierto, pero las mujeres que concurren a las marchas van motivadas por algo y, además, van con ganas de congeniarse con sus conciudadanos respecto al meollo de la cuestión. En pocas palabras: están predispuestas al diálogo.
Para los fumadores, iniciar el contacto resulta inclusive más fácil: ella saca el paquete de cigarrillos de la cartera (debemos estar atentos a estos detalles para proceder con celeridad) y nosotros (los “celéridos”) ya tenemos el encendedor en la mano, ofreciéndole fuego – como todo caballero debe hacer. Debe prestársele especial atención a la dirección, fuerza del viento y altura de la llama del encendedor; no sea la cosa que nuestro acto galante termine incendiando la cabellera de nuestra bella donna.
Un último consejo: no pasen solamente su tiempo observando la figura de la Mujer que tienen delante de arriba hacia abajo. Primero que nada, queda mal, y segundo, nunca debemos tener dudas respecto a la compañía o falta de compañía de la dama. Cerciórense de que no haya padre a la vista (especialmente si la fémina es demasiado “jóvena”), ni hermanos celosos ni novios. Padres y hermanos son manejables, pero el sujeto acompañante denominado “novio” no entiende razones. Nunca van a entender “¡Ah! ¿Estás con ella? No sabía”, o “Perdonáme, no me di cuenta”. Su respuesta puede llegar a ser instantánea, violenta y hasta letal.
La vida en la ciudad, y su correspondiente concentración de gente, brindan a sus habitantes posibilidades que no pueden darse en otros centros menos poblados del País.
En las ciudades o pueblos “del interior” (¿Buenos Aires está en el exterior? No lo sabía), le gente se conoce más, se conocen entre sí, lo que muchas veces inhibe el proceder del sujeto de esta columna: el soltero. Que Fulana es la hija de Zutano, y ojo que es un viejo muy jodido y cascarrabias; además estuvo de novia con Mengano, que es amigo de un amigo mío, por lo cual, sería casi inmoral que me atreviera a invitarla a tomar algo. Todos se relacionan entre si, de alguna u otra manera. No hay oportunidad de hacer un movimiento sigiloso sin que no se entere alguien. Peligroso es navegar en esas aguas. Por ese mismo motivo, los solteros se van a pueblos vecinos (pero lo suficientemente alejados) para hacer sus enchastros.
La ciudad, además de estar colmada de gente que pocas veces saluda a su propio vecino – inclusive cuando se lo cruzan el ascensor todas las mañanas – cuenta con millones de “pueblos cercanos” en cada barrio: millones de conocidos-desconocidos, yendo de un lado al otro, haciendo lío “delegación a delegación”. Hay que agregar a eso que la ciudad cuenta con la mayor cantidad de abonados a internet del país, lo cual facilita aún más las cosas. No saludamos al vecino en el ascensor, porque a veces nos da vergüenza o no tenemos ganas, pero saludamos con el “Hola” más alegre a cualquier extraño que aparece en una sala de chat, página de redes sociales, o de citas. No hay medio válido o inválido para esto, en definitiva si coincidimos en un determinado lugar y actuamos de determinada manera es para un solo objetivo: conocernos (ellas y ellos, ellos y ellos, ellas y ellas, ellos más ella más ella, etc.).
Lugares frecuentes: bares, restaurantes, boliches, recitales, muestras de arte, charlas, gimnasios, los bosques de Palermo y Costanera sur (para los “deportistas”). Sin embargo, hay algo que le escapa al soltero común que no logra apreciar el potencial total de ciertos eventos en auge en estos tiempos: las marchas de protesta.
Si uno se toma el trabajo de ponerse a contar las innumerables manifestaciones que suceden en una semana en la City, se dará cuenta de que hay una variedad importante de la cual elegir. Siempre es recomendable encontrar aquellas manifestaciones a las cuales nuestras ideas sean más afines. Por ejemplo, no sería demasiado productivo participar en una marcha de una organización Marxista-Leninista enfundado en un sweater Tommy, pantalón de vestir, zapatos náuticos y los pelos enmarañados con una buena cuota de gel. La pluralidad tolera solamente ciertos límites.
Alguien podría llegar a pensar que pasar algunas horas en el medio de una muchedumbre casi sin espacio para moverse, transpirado y a los pisotones, no sería el ambiente más propicio para el caldo de cultivo de una relación; no se preocupe: es lo mismo que ir a bailar, pero con menos ruido y la posibilidad de diálogo. No corren en este escenario artilugios viejos, como la injusticia, que sí funcionan en otros lugares. Arrancar una conversación tocándole el hombro a la chica que tenemos adelante (después de estar analizando su figura por media hora) y decirle “Hola, ¿Cómo va? ¿Siempre venís acá?”, nunca va a funcionar, porque en esta situación, nuestra interlocutora – actually – sí escucha lo que decimos. No señor. No es ambiente para el chamuyo barato y berreta. Aquí se precisan neuronas y cierto conocimiento de la realidad cultural, social y política – además de una dicción cuasi perfecta. Siempre hay que hablar de lo terrible que es la situación X del país o, si se conoce del tema, de política internacional (que siempre es un plus).
Mujeres hay en todos lados, es cierto, pero las mujeres que concurren a las marchas van motivadas por algo y, además, van con ganas de congeniarse con sus conciudadanos respecto al meollo de la cuestión. En pocas palabras: están predispuestas al diálogo.
Para los fumadores, iniciar el contacto resulta inclusive más fácil: ella saca el paquete de cigarrillos de la cartera (debemos estar atentos a estos detalles para proceder con celeridad) y nosotros (los “celéridos”) ya tenemos el encendedor en la mano, ofreciéndole fuego – como todo caballero debe hacer. Debe prestársele especial atención a la dirección, fuerza del viento y altura de la llama del encendedor; no sea la cosa que nuestro acto galante termine incendiando la cabellera de nuestra bella donna.
Un último consejo: no pasen solamente su tiempo observando la figura de la Mujer que tienen delante de arriba hacia abajo. Primero que nada, queda mal, y segundo, nunca debemos tener dudas respecto a la compañía o falta de compañía de la dama. Cerciórense de que no haya padre a la vista (especialmente si la fémina es demasiado “jóvena”), ni hermanos celosos ni novios. Padres y hermanos son manejables, pero el sujeto acompañante denominado “novio” no entiende razones. Nunca van a entender “¡Ah! ¿Estás con ella? No sabía”, o “Perdonáme, no me di cuenta”. Su respuesta puede llegar a ser instantánea, violenta y hasta letal.
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