Una mirada torcida sobre las cosas que pasan...y las que no.
domingo, 11 de abril de 2010
Te pido...
¿Qué serías sin una casa?
¿Qué serías sin ropa de marca?
¿Qué serías sin celular de última generación?
¿Qué serías sin lujos?
¿Qué serías si el dinero no tuviera valor?
¿Qué serías sin un puesto importante?
Te hago estas preguntas ahora, antes de que sea tarde. No hace falta “perderlo todo” para que te des cuenta de las cosas que realmente tienen valor en la vida. Y no hablo de “valor” en términos económicos, sino en valor Humano – porque eso es lo que somos en definitiva: H U M A N O S.
Entonces, antes de que desperdicies tu vida acumulando cosas que verás inútiles cuando estés muriendo en algún lado; antes de que con el último pensamiento que tengas te preguntes qué has hecho de tu vida te pido: que no juzgues por el auto, por la casa, por la ropa de marca, por el celular, por los lujos, por el dinero, ni por el puesto.
Tanto para el que tiene que juzga al que no tiene como para el que no tiene y juzga al que tiene.
Para juzgar hace falta conocer y para conocer hace falta ver más allá de los accesorios que adornan nuestra existencia.
El regalo más grandioso que tiene la vida, lo que más nos enriquece realmente, es la posibilidad de amar; es el afecto que recibimos de aquellas personas con las cuales – de una u otra forma y por el tiempo que sea – hemos compartido parte de nuestra humanidad.
Viví como si no fueras nadie, como si no tuvieras nada…como si la vida fuera solamente, para vivirla. No pretendas demostrar nada, sé todo.
lunes, 29 de marzo de 2010
Rueda Fugitiva
Cuando se nos roba, generalmente la primer reacción es la indignación, el sentirse desprotegido, desamparado. Máxime si el robo en cuestión ocurrió bajo amenaza con algún arma (blanca, negra, violeta, etc.).
El martes a la noche me robaron. No hubo violencia. No tuve que ser testigo del afano en sí. Pensándolo bien, más que testigo, fui post-igo. Ocurrió mientras yo no estaba.
Ya es sabido que soy un tipo raro pero ante este hecho no sabía si reírme, patalear por algo que ya había pasado o empezar a los gritos. Ninguna de las dos últimas cosas iba a cambiar nada, pero después de superar mi estado de sorpresa, no pude más que reírme y pensar.
La imagen de ver a tu auto sobre 3 ruedas en vez de cuatro ya genera una sensación difícil de explicar. Es una mayonesa de estupor, palabras huecas, pensamientos huecos (del estilo “¿Cómo puede ser?” o “ ¡No lo puedo creer!”. ¡Creélo flaco, estarás corto de vista pero le falta una rueda!). Cuando uno se va acercando reconoce que es su auto, pero quiere negarlo. Está en el lugar de su auto, tiene la forma de su auto y tiene la patente de su auto…aunque recordáramos haberlo dejado con los cuatro zapatos puestos. ¡Oia! Tiene la tirita en la antena como el mío. Uy…creo que…¡ME AFANARON UNA RUEDA! ¡Pero si está estacionado sobre una calle transitada! – pensé. Estos razonamientos tardíos no sirven para nada. Insisto: para nada, ya pasó.
Tuve un viajecito de una hora como para pensar en lo que había pasado y, como generalmente pasa a los que estamos acostumbrados a escuchar que le afanan a todo el mundo, me puse a pensar en lo buenos que habían sido los malvivientes conmigo y cosas inútiles que uno hace porque…es un iluso.
Hay que destacar que los pícaros que me robaron la rueda (seguramente porque tienen hambre y la iban a cambiar por un plato de comida en algún restaurant (de puerto madero) o porque habían pinchado y no tenían auxilio para su auto), tuvieron las siguientes consideraciones con este bípedo de corta estatura: dejaron las tuercas perfectamente ordenadas al costado del auto, como para que no las pateé algún peatón que casualmente pasaba por allí; apoyaron el auto. Si señores, lo apoyaron, nada de andar tirándolo o ponerle un taco de madera o algún otro material…no sea cosa que alguien vaya a pensar que son desprolijos. Más allá de un leve bollo en la chapa producto del esfuerzo de su trabajo para levantar el auto (¿vieron? ¡Se esfuerzan!), no hubo otros daños.
Una de las cosas estúpidas que hice estando parado al lado del auto, fue parar a un patrullero. Mientras le hacía señas para que parara pensaba, “¿para qué los paro?”
- Buenas noches. Sargento Sarasa, para servirle.
- Me afanaron la rueda.
- Veo. Es bastante común en la zona. Ésta no es mi jurisdicción, espere que llamo al comisario Pendorcho de la comisaría #87897, que es la que tiene jurisdicción.
Yo estaba parado tratando de comunicarme con el seguro, haciéndome la misma pregunta que cuando le hacía señas al patrullero: “¿para qué llamo al seguro?”
Desistí de comunicarme con el seguro y escuché lo que decía el Sargento Sarasa, acompañado de “alguien” a quien bautizaremos “Robin” (y no porque sea una maravilla, sino por su tamaño y su voz finita que solamente fue audible cuando dijo “Sí, señor”).
El sargento explicó que ese tipo de afanos son comunes y que “los tipos” se llevan alrededor de diez ruedas por noche. “La deben vender a $700.- Imagináte, 7 lucas por noche. No está mal, ¿eh?” – casi como rumiando la idea de la oportunidad que se estaba perdiendo teniendo un trabajo de sueldo fijo. Después empezó a explicar cómo lo hacían: vienen con un auto bueno, para no levantar sospechas. A veces usan un crique, otras – como parece ser en este caso – se paran dos o tres tipos, levantan el auto y en dos minutos se las llevan.
Ya con el Sargento Pendorcho y su compañero parados, despedimos al Sargento Sarasa y a Robin, que partieron rumbo a su jurisdicción (dos o tres cuadras más allá). El Sargento Pendorcho me explicó que si hacía la denuncia del robo, el auto tenía que quedarse 48 horas en la comisaría para realizarle las “pericias”. “Si el seguro no te pide la denuncia, no te conviene hacerla. Es más un dolor de cabeza que otra cosa”, dijo. Mientras me decía esto, pensaba que aunque ellos supieran que se robaban alrededor de diez ruedas por noche, las denuncias por este tipo de cuestiones menores deben ser a razón de diez a una, reduciendo la estadística de robos a algo cuasi insignificante. Ergo, es un problema por el cual no tiene sentido preocuparse o realizar tareas preventivas.
Ahí entendí para qué paré al patrullero: para que me eduque.
viernes, 1 de enero de 2010
Tiempo
Qué importa más, ¿el tiempo transcurrido o el valor de las cosas vividas?
Desde hace algún tiempo (paradójicamente – ¡tiempo!), consciente o inconscientemente me hago esta pregunta.
Cambios repentinos y no tan repentinos de dirección, de parecer, de pensar y de sentir. Las consecuencias de esos cambios; heridas que se abren en un lado mientras se cierran en otros al mismo tiempo. Esperanza, desilusión, música, silencio y palabras, muchas palabras que salen a borbotones de mi boca, de mi cabeza, difíciles de ordenar. Una barrita de progreso que se desplaza de un lado hacia el otro, angustia, satisfacción y placer y una bifurcación de caminos. No tomo ninguno de los dos e invento otro nuevo, que no figura en el mapa.
¿Cuánto importa el tiempo?, me pregunto. Nada, me respondo. Sin embargo el tiempo es lo que socaba mi espíritu en ciertas ocasiones. Por mi impaciencia, por mi ansiedad innata. Quizás tengan que ver con lo finito de la vida, con el hecho de que sé que mi tiempo es breve, brevísimo, fugaz. Es por esta falta de tiempo que considero que debo aprovechar cada minuto que respiro, cada sensación, cada momento compartido o en solitario. Sacarle el jugo al tiempo, a las cosas vividas. Ahora...si no existiera el tiempo o si el tiempo que tuviera lo supiera largo, inagotable, no me preocuparía, quizás, en aprovechar cada momento.
Sentir es estar vivo. Sentir todas y cada una de las cosas, desde lo más bonito hasta lo más feito. Sentir en sí no tiene tiempo. Creo que a veces decidimos anclar en un sentir. Nos quedamos en el sentir, pero nunca en el tiempo. El tiempo sigue transcurriendo, mientras que el sentir crece o disminuye. La cantidad de tiempo no tiene nada que ver con el sentir, pero a más tiempo en un sentir, más cosas sentidas y vividas, más chances para que la melancolía meta su cuña cada tanto.
Sentir tiene valor per se. El tiempo no. El valor del tiempo depende de qué uso hagamos de él. Sentir se alimenta de sentir...El tiempo, además de implacable, imperdonable y todos los “im” que se les ocurra...es inerte.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Madre Nuestra - Oración para solteros
Centrifugada sea la ropa;
Venga a nosotros la ropa planchada;
Hágase el orden y la limpieza,
en el cuarto y en el living;
Danos hoy la comida casera de cada día;
Perdona nuestros platos sucios de una semana,
asi como nosotros perdonamos a los que los ensucian;
No nos dejes caer en la hediondez,
y líbranos de los quehaceres domésticos
Amén…de nosotros.
martes, 10 de marzo de 2009
Las Obras del Domingo
Cuando finalmente me levanto y me voy afuera a darme mi primer dosis de cáncer de pulmón del día, observo a algunos vecinos que ya están cortando el pasto, podando alguna que otra planta, sacando yuyos, lavando el auto, baldeando la vereda, etc. Sinceramente los admiro. No solamente por el acto heroico de hacer algo…los admiro desde lejos, con las crenchas revueltas, camiseta y los ojos achinados por taaaanta luz (esa cosa conocida como ‘sol’), por una cuestión de generosidad vecinal…cualquiera que me cruce a esa hora y en ese estado, podría pensarse que el Yeti había cambiado sus hábitos de vida y buscaba climas más templados. No quiero asustar a nadie….y tampoco quiero que me saquen fotos que puedan aparecer en la revista “Muy interesante” bajo el título ‘El hombre de las nieves ahora vive en una quinta con pileta’.
Vuelvo a entrar al rancho, con muchas ganas de hacer nada. Pero ya me está picando el bagre, tengo hambre y lamentablemente un asado, una milanesa a la napolitana con fritas provenzal no crecen en ningún árbol – o por lo menos en los míos; tampoco puedo comprar en el super “comida espacial”, de esa que uno le echa una gota de agua y se materializa un plato completo de comida – con vaso y todo. ¿Qué hago? Nada…sigamos con el mate, ¡si el mate tiene un montón de propiedades alimenticias!
Tres de la tarde. Ya no me pica el bagre. ¡Me pica una anguila del tamaño de un elefante! Rescato unos bizcochos húmedos que iba a tirar a la basura…estaban pare el descarte, pero eso había sido dos o tres días atrás, en un momento en el cual no tenía hambre. Con mate, bizcochos y alguna que otra galletita tiro hasta la tardecita - noche.
A veces no tengo nada para cocinarme, porque me da fiaca hacer las compras y otras veces, hay comida, pero hay que recalentarla, o hacer alguna especie de magia para convertir en otra cosa la comida que vengo comiendo hace dos o tres días - nada más que porque sobró, porque cociné de más. Y ahí me acuerdo de mi vieja. Me imagino que todas las madres tienen esa habilidad de agarrar la comida que sobró y que viene sobrando de la semana y transformarlo en un plato completamente distinto. No es que le cambien la pinta, la presentación. No, de ninguna manera. Sus habilidades trascienden la estética: además de cambiarle la cara a esa misma comida que hace una semana está esperando su segundo momento de gloria en la heladera, a veces hasta la hacen parecer más rico. No nos engañemos: el domingo es el día de la pachorra, nadie tiene ganas de hacer nada. Ya lo dijo dios después de crear al mundo en 7 días: “Hoy no tengo ganas de hacer nada. Tengo fiaca” y no fue casual que eso lo dijera un Domingo.
Me acuerdo un domingo a la noche que le pregunté a mi vieja qué había de comer. “Menezunda”, me dijo. No sabía qué era la menezunda, ni qué tenía pero tampoco averigüé demasiado – mientras hubiera algo para comer, no importaba.
Llegó la hora de cenar. “A comeeeeerrrrr”, gritó mi vieja (con ese tono especial que tienen todas las madres a la hora de llamar a comer, que se escucha estés donde estés). Piyama de invierno puesto, bañadito, perfumadito, y arrastrando las pantuflas fui hasta la mesa y me senté a esperar que sirviera la menezunda. Me sirve el plato de comida y miro. Había: un pedazo de carne y un juguito oscuro como si fuera el jugo de la carne con el jugo de las verduras. Tenía algunos granos de choclo, zanahoria, algún que otro pedazo de papa, chauchas, cebolla. Agarro el tenedor y pruebo un bocado. ¡Estaba rico! Como un poco del juguito con un pedazo de pan y pinché los pedazos de zanahoria, las papas. ¡Impresionante! Ahí comenzó a surgirme la curiosidad. ¿Qué era la menezunda? ¿De dónde había sacado la receta? ¿Era difícil de hacer?
Todas estas preguntas se las hice a mi vieja, una detrás de otra y me quedé expectante esperando su respuesta. Esperaba algo como “...la saqué de un libro de comida africana. Esta comida la hacía una tribu de Zaire con los vegetales y tubérculos que podían cultivar, debido a la aridez de la zona en la cual habitaban. No le ponían necesariamente carne de vaca. A veces era pollo o alguna otra ave autóctona…”. Pero no. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente:” ¿Te acordás que el miércoles comimos bife con choclo y zanahoria hervida? ¿y que el jueves papá hizo asado y había ensalada de chauchas? Agarré unas zanahorias, las doré en aceite y mezclé todo”. “Pero, ¿y el juguito este, tan rico?”, pregunté tratando de esconder mi desilusión por la explicación. “Y el nombre, ¿de dónde salió?”. “El juguito lo hice rehogando las cebollas con el resto de las cosas, le eché un poquito de agua y un caldito. Y el nombre…lo inventé”. Las últimas dos palabras quedaron rebotando en mi cabeza, vacía de ideas: “Lo inventé”. Después de que me recuperé del shock, pensaba “Las madres saben más de física y química que cualquier científico del CONICET o la NASA”
