miércoles, 16 de enero de 2008

El colectivo, la máquina bestial

Ya sea que salgamos de la estación de algún tren en Retiro o en Constitución y nos espera otra delicia citadina: el colectivo. Modernas unidades nos esperan con un chofer sonriente, siempre dispuesto a llevarnos con agrado a nuestro destino. Le hablamos a “la maquinita”, metemos nuestras moneditas y ¡voilà!, sale el boleto. Caminamos en el amplio pasillo – que generalmente se encuentra vacío – y tomamos un asiento confortable, limpio y entero… in your dreams, porteño! Racimos de gente se cuelga del estribo del colectivo, tratando de no quedar abajo, mientras el chofer acelera repetidas veces (que significa “Vamo’ Vamo’”); se comunica con los otros conductores con un lenguaje similar al de las ballenas pero un poco más reiterativo y mono tono. Pide paso, y sale echando humo y putas (y a algunos peatones, de paso) de la parada. Agarra la avenida, viene por la izquierda, dos cuadras de la próxima parada. A escasos cien metros, a algún mal nacido se le ocurre bajar y la avenida es un tramado impenetrable de autos. Pone el guiño y avanza hacia la derecha con la agilidad de una bicicleta, porque, ya es sabido: el tamaño, ¡no importa! En señal de respeto al hermano mayor del tránsito, todos le dejan el paso. Pero el chofer no tiene tiempo para detenerse paralelo al cordón, por eso para a cuarenta y cinco grados, dejando al peatón a unos dos metros de la vereda, ocupando dos carriles de la avenida, para la felicidad de todos los que quedaron atrás. El resto de los conductores agradece el gesto enviándole saludos a la madre del chofer y el chofer devuelve la gentileza saludando a las madres de éstos. Todo es cordialidad y respeto. Arriba del colectivo, mientras tanto, las doscientas personas que viajan de pié miran sigilosos las intenciones de los cuarenta que están sentados. Movimientos extraños pueden causar un alud humano sobre ese preciado posa traste. Una persona mueve su pierna hacia el pasillo. ¡Maldición! No se baja. Hay una viejita parada…¡pero será de Diós! ¿Le tengo que dar el asiento? ¿Quién me va a decir algo? Ma’ si… ya se desocupará otro. Estoy llegando a mi parada. Toco el timbre. Ya casi estoy y el chofer ni me miró. ¿Andará el timbre? Toco de nuevo. Nada. Veinte metros para mi parada y éste que sigue acelerando. ¿Será sordo el chofer? Toco de nuevo. De adelante se escucha la voz del chofer entre la muchedumbre, “¡Nene! Si te gusta el chiche, llevátelo a tu casa”. Me bajo y mientras el colectivo acelera, respiro una bocanada entera de monóxido de carbono, y plomo. Ahora sí estoy listo para continuar con día.

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