miércoles, 16 de enero de 2008

Hansel & Gretel en la ciudad

Casi con la misma angustia de los personajes del famoso cuento, muchos porteños temen no encontrar el camino de vuelta a su casa u oficina. Mientras caminan por la calle, van dejando a su paso envoltorios de galletitas, paquetes de cigarrillos vacíos, boletos de colectivo, y algún que otro papelito que los guíe de vuelta a su lugar de origen. Cinco pasos, un papelito.

En ciertas ocasiones, toqué el hombro de alguna de aquellas personas, para avisarles que habían dejado caer un papel en el piso. Se los devolví. Pero al parecer la vergüenza sólo los ataca cuando se los encara. Miran, se sonrojan, dan media vuelta y siguen su camino.

Un día, en otro gesto de amabilidad, logré juntar del piso una bolsa con envoltorios de fiambre y bandejas de cartón que accidentalmente habían caído del lado del conductor de una ambulancia. Gentilmente le dije: “Tomá, se te cayó esto” y con una sonrisa en la cara, pasé la bolsa dentro del vehículo, apoyándola en el regazo del conductor. No entendí bien por qué no me agradeció, pero como uno no debe hacer las cosas para que se lo retribuyan, continué mi camino hacia ninguna parte.

En la ciudad hay un cesto de basura por esquina. Tirar la basura en la calle cuesta exactamente lo mismo que tirarla en uno de los miles de cestos distribuidos por la ciudad y, aunque no lo crean: ¡es gratis! Pero entiendo que el color anaranjado y tapa negra de los recipientes plásticos es poco visible, y, para colmo de males, ¡están tan fuera de nuestro camino y escondidos!

Cuando se está en un vehículo, el terrible trabajo de deshacerse de los desechos, puede costarnos un poco más de tiempo por el hecho de tener que detenernos, descender del vehículo, encontrar un cesto y decirle adiós a nuestra basura. Pero les comento algo: los automóviles cuentan con ceniceros y, hoy en día, en la mayoría de los lavaderos de autos - además de colgar un hermoso pino de tela con perfume en la palanca del guiño - nos obsequian una pequeña bolsa de residuos, justamente para evitar tirar nuestra mugre en las calles. Puede darse el caso que la basura en cuestión sea demasiado grande para nuestro petit taché de basuré, pero nada tan grande o tan pestilente que no pueda esperar una o dos horas para que lo tiremos en nuestra propia casa. Y si no contamos con esta tecnología de punta… ¡se ensucia el auto! Estamos perdidos. ¡Dios mío!

La falta de respeto al espacio público es una falta de respeto a nosotros mismos. Tomemos a los 3 metros cuadrados que nos rodean en todo momento como el living de nuestra propia casa y disfrutemos todos de una linda y limpia ciudad. Y para aquellos que teman no encontrar el camino a casa si cambian este hábito…ya es hora de que en vez dejar migajas tras sus pasos, dejen de creer en cuentos.

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